La estrategia principal de Satanás con el pueblo de Dios siempre ha sido susurrar:
— No invoques, no pidas, no dependas de Dios para hacer cosas grandes. Te irá de lo mejor con sólo confiar en tu propia astucia y energía.
Lo cierto es que el diablo no se siente atemorizado ante nuestros esfuerzos propios y nuestras credenciales humanas. Pero sabe que su reino será dañado cuando elevemos nuestros corazones a Dios.
La historia de avivamientos pasados ilustran esta verdad a todo color. Ya sea que estudie el Gran Avivamien to, el Segundo Gran Avivamiento, el Avivamiento Galés, el derramamiento de 1906 en la calle Azusa en Los Angeles, o cualquier otro período de avivamiento, siempre encontrará hombres y mujeres que primeramente gimen por dentro, anhelando ver un cambio en el status quo, tanto en sí como en sus iglesias. Empiezan a invocar a Dios con insistencia; la oración engendra avivamiento, que a su vez engendra más oración.
Por favor no me pidan que ore
Si nuestras iglesias no oran, y si el pueblo no tiene apetito de Dios, ¿qué importancia tiene la cantidad de gente que asiste a nuestros servicios? ¿Qué impresión le causaría eso a Dios? ¿Puede usted imaginarse a los ángeles diciendo:
— "¡Vaya, qué bancos! ¡Son de una belleza increíble! Aquí en el cielo hemos estado hablando acerca de ellos durante años. La iluminación de su santuario es muy ingeniosa. La forma en que tienen escalones que ascienden hasta el púlpito. ¡Qué maravilla!". No lo creo.
He hablado con un pastor tras otro, algunos de ellos destacados y “exitosos”, que me han dicho en privado:
— "Jim, la verdad es que no podría llevar a cabo una verdadera reunión de oración en mi iglesia. Me daría vergüenza la pequeñez del grupo. A menos que alguno esté enseñando o cantando o haciendo algún tipo de presentación, sencillamente no viene la gente. Sólo logro que asistan a un culto de una hora de duración, y aun así, sólo una vez por semana".
Conozcan nuestra preciosa Iglesia de Laodicea
¿Se encuentra ese tipo de religión en algún lugar de la Biblia? ¡Jesús mismo no puede atraer a una multitud entre su propio pueblo! ¡Qué tragedia que la calidad de un ministerio se mida con demasiada frecuencia por números y tamaño de edificio en lugar de hacerlo por genuinos resultados espirituales!
Yo digo que estamos en dificultades. Ya es hora de que nos despertemos y miremos el tablero de puntaje.
Con algunas excepciones, somos como la iglesia de Laodicea. A decir verdad, tanto hemos institucionalizado el laodiceanismo que pensamos que tibio es normal.
Las palabras severas de Jesús se aplican tanto a nosotros como a los cristianos de fin del primer siglo: “Yo conozco tus obras, que ni eres frío ni caliente. ¡Ojalá fueses frío o caliente! Pero por cuanto eres tibio, y no frío ni caliente, te vomitaré de mi boca. Porque tú dices: Yo soy rico, y me he enriquecido, y de ninguna cosa tengo necesidad” (Ap. 3:15—17). En otras palabras, estaban expresando una maravillosa “confesión positiva”. Estaban proclamando victoria y bendición. El único problema es que Jesús no estaba impresionado. Él respondió:
“Y no sabes que tú eres un desventurado, miserable, pobre, ciego y desnudo... Yo reprendo y castigo a todos los que amo; sé, pues, celoso, y arrepiéntete.”
Apocalipsis 3:17, 19
Nótese que los laodiceanos eran santos de Dios, con derecho a todas las promesas. Eran parte del cuerpo de Cristo: cantaban himnos, adoraban los domingos, disfrutaban de beneficios físicos, y sin duda se veían más justos que sus vecinos paganos. No obstante, estaban a punto de ser vomitados. ¡Qué llamada de atención!
El atractivo de lo novedoso
En el mundo de la publicidad, cada redactor publicitario conoce el poder de dos palabras mágicas: “¡Gratis!” y “¡Nuevo!” Las vemos en el supermercado, en el periódico, en las carteleras. Y los consumidores responden.
En la iglesia de hoy, caemos presa del atractivo de “¡Nuevo!” Al parecer, las antiguas verdades del evangelio no tienen suficiente espectacularidad. Nos inquieta descubrir la enseñanza o técnica más avanzada, grandiosa o novedosa. En particular nosotros, los pastores, parecemos estar a la búsqueda de un atajo o alguna nueva estrategia dinámica que encienda a nuestras iglesias.
En especial desde la década de 1960, han llegado modas a la iglesia de Norteamérica para luego partir, y después ser reemplazadas por modas más nuevas.
No era intención de los apóstoles tratar a la gente con diplomacia. No se suponía que su comunicación fuera “de onda” o tranquilizadora. Apuntaban a penetrar el corazón para producir convicción de pecado. No tenían la más mínima intención de preguntar: “¿Qué desea escuchar la gente? ¿Cómo podemos atraer más gente a la reunión de los domingos?” Jamás se les ocurriría tal cosa. Un enfoque tal hubiera sido ajeno a todo el Nuevo Testamento.
¿Qué mas desea usted para comer?
En lugar de tratar de traer a hombres y mujeres a Cristo a la manera bíblica, nos consume el concepto, sin base bíblica, del “crecimiento de la iglesia”. La Biblia no dice que debiéramos apuntar a los números sino que nos insta a proclamar fielmente el mensaje de Dios con el denuedo del Espíritu Santo. Esto edificará la iglesia de Dios de acuerdo con la voluntad de Dios.
Desafortunadamente, algunas iglesias ahora evalúan constantemente hasta qué punto las personas están a gusto con los servicios y preguntan qué más quisieran. Un especialista denominacional dijo a un reportero: “Es necesario que aprendamos a navegar con los cambios.”
No se nos ha concedido ningún permiso de modificar el mensaje del evangelio. Sea que parezca popular o no, sea que esté “a tono” con la época o no, nos corresponde proclamar con fidelidad y denuedo que el pecado existe pero que Jesús perdona a los que confiesan.
¿Acaso John Wesley, predicando a mineros endurecidos en los campos abiertos de Inglaterra en el 1700, alguna vez dijo para sí: Mejor que no les diga que son pecadores, por temor de que se vayan?
Enviando nuestra adoración por fax
En la actualidad tenemos muchas marcas que parecen ser cristianismo, pero hemos modificado drásticamente los parámetros. La gente ha reducido las normas intentando vanamente que las iglesias parezcan más exitosas de lo que son en realidad. Los sermones deben ser uniformemente positivos, y los cultos no pueden durar más de 60 minutos. Aun así, la iglesia resulta inconveniente para algunos, especialmente durante la temporada de fútbol. ¡Ir a la iglesia resulta ser una carga tan pesada que dentro de poco la gente enviará su adoración por fax!
Hace poco me dijo un ministro que dos familias se fueron a otra iglesia porque los que asistían en el área de estacionamiento eran demasiado lentos en dirigir a los autos a la salida de la reunión. ¿Qué hubiera hecho esta gente la noche que Pablo predicó en Troas hasta la medianoche? (Véase Hechos 20:7.)
¿Se imagina que alguien le alcanzara un micrófono a Pedro el domingo por la mañana y le susurrara: “Muy bien, ahora dispone de veinte minutos. Es necesario despedir a la gente con rapidez porque las carreras de carrozas comienzan a la una”?
La verdad es que nuestra actitud de tacto pudiera ser carnalidad disfrazada. Las mismas personas que quieren cultos de sesenta minutos alquilan videos y miran juegos de la NBA [Asociación Nacional de Baloncesto] y la NFL [Liga Nacional de Fútbol] que son todavía más largas. Lo que está en juego no es la extensión sino el apetito. ¿Cuál es la razón del entusiasmo depositado en lo que no corresponde?
Bordeando la herejía
El mensaje de la cruz siempre será necedad para algunos y piedra de tropiezo para otros. Pero si nuestra atención está centrada en la reacción del mercado, nos alejamos del poder del evangelio.
Este temor de hablar acerca de la sangre de Cristo es una reacción exagerada. Peor aun, bordea en herejía al distorsionar y desinflar el poder de las buenas nuevas.
No necesitamos técnicos y programadores de iglesia; necesitamos a Dios. El no está buscando personas listas, porque él es el listo. Lo único que desea es que haya personas que tengan la sencillez suficiente para confiar en él.