AUTOESTIMA
W. J. Prost, M.D.
Traducción del inglés:
Santiago Escuain
El
material básico de este artículo fue dado originalmente
en forma de cuatro conferencias para jóvenes en Lassen Pines,
California, en agosto de 1991. Debido a que el material ha sido
considerablemente retocado y revisado, no se ha retenido el formato
original, sino que se ha dividido en varias secciones menores.
Prefacio
La
cuestión de la «autoestima» es un tema de gran
actualidad en el mundo en nuestros días, especialmente en
América del Norte y en Occidente en general. Hace menos de
veinte años, este tema apenas si se mencionaba. Ahora se nos
bombardea con esté término por todas partes, e incluso
se da a niños muy pequeños cursos de autoestima en las
escuelas. Se supone que la carencia de la misma es la razón
subyacente a casi cada mal humano, y se supone que la
restauración de la autoestima es la curación para casi
cada falta.
Hace un tiempo,
mientras esperaba ser visitado, tomé un ejemplar de la revista Selecciones de la sala de
recepción. Me llamó la atención un
artículo titulado «Palabras que hacen milagros», y
querría citar dos párrafos de aquel
artículo.
Cada uno de nosotros tenemos una imagen mental de
nosotros mismos, la propia imagen. Para que la vida sea
razonablemente satisfactoria, esta propia imagen ha de ser tal que
podamos convivir con ella, que nos pueda gustar. Cuando nos sentimos
orgullosos de nuestra propia imagen, nos sentimos confiados y libres
para ser nosotros mismos. Funcionamos de una manera óptima.
Cuando nos avergonzamos de nuestra propia imagen, tratamos de
ocultarla en lugar de expresarla. Nos volvemos hostiles y
difíciles para la convivencia.
Es un milagro
lo que le sucede a una persona a la que le ha subido su autoestima.
De repente le gustan más los demás. Es más
amable y cooperador con los que le rodean. La alabanza es el
pulimento que ayuda a mantener su propia imagen brillante y
resplandeciente.
Esta cita
representa la manera actual de pensar en el mundo, y también
entre muchos cristianos. Aunque en esas palabras hay ideas que son
muy ciertas, también hay cosas erróneas.
Una parte del
problema para afrontar esta cuestión reside en que hasta ahora
no hay un verdadero acuerdo acerca de cuál es el significado
de la «autoestima». Se han propuesto varias definiciones,
pero incluso en círculos educados no hay un acuerdo general.
Es evidente que este término significa cosas distintas para
distintas personas.
Como sucede con
todas las cuestiones morales y espirituales, los cristianos deben
apartarse de la sabiduría humana, y escudriñar la
Palabra de Dios. Pedro nos dice que «todas las cosas que
pertenecen a la vida y a la piedad nos han sido dadas por su divino
poder» [el de Dios] (2 Pedro 1:3). Pablo dijo a los corintios
que «la sabiduría de este mundo es insensatez para con
Dios» (1 Corintios 3:19). Con la ayuda del Señor
querría acudir a la Palabra de Dios, donde encontramos la
respuesta a todo lo que atañe a nuestro andar como cristianos
en este mundo. La sabiduría del hombre no puede añadir
nada a la Palabra de Dios.
Esta
cuestión es difícil, y soy bien consciente de mi falta
de una comprensión total del tema. El hombre es un ser
complejo, y algunas de las consideraciones relativas a este tema
tienen que ser experimentadas más que plenamente explicadas.
Asimismo, 1 Corintios 13:12 nos dice: «Ahora vemos por espejo,
oscuramente», y aquí la palabra «oscuramente»
comunica el concepto de algo que es enigmático. En tanto que
la Palabra de Dios nos da una perfecta luz para cada paso de nuestra
senda, no siempre da satisfacción a nuestra curiosidad ni da
respuesta a todas nuestras preguntas. Recordemos esto cuando
encontremos aspectos de este tema que puedan estar más
allá de nuestra comprensión.
Hay muchos
temas que la Palabra de Dios nos presenta que están más
allá de la comprensión humana. La mente del hombre
puede solamente llegar hasta cierto punto, y luego nos damos cuenta
de que estamos en el ámbito de lo infinito. Generalmente, esas
cuestiones se componen de dos verdades que deben mantenerse en
equilibrio, y que sin embargo la mente humana no puede conciliarlas
de una manera plena. Creo que la dignidad humana en la
creación y la depravación humana como resultado de la
caída son dos de esas verdades. El hombre natural intenta
reducir esas verdades a un nivel que podamos comprender, y con ello
siempre cae en un error de un lado o del otro. Es triste tener que
admitir que caen en ello incluso verdaderos creyentes, al tratar de
imponer una estructura de factura humana sobre una verdad que Dios
nos ha dado en Su Palabra. La respuesta correcta que debemos dar es
adorar con humildad a Aquel que ha querido revelarnos tales cosas,
dándonos cuenta de que nuestras mentes finitas no pueden
abarcar lo infinito en su totalidad. Podemos apreciar esas verdades,
y equilibrarlas en nuestras vidas, pero sólo en tanto que
caminemos en comunión con Aquel que nos las ha querido
revelar.
Para dar una
cierta estructura al tema que vamos a tratar, querría
considerar al hombre en tres posiciones o estados. Primero, el hombre
en la creación antes de la caída; segundo, el hombre
como criatura caída; y tercero, el hombre en Cristo.
Según vayamos avanzando se desarrollarán otras
consideraciones en relación con esas tres posiciones.
El hombre en
la creación
En
Génesis 1 tenemos la maravillosa historia de la
creación, que culmina con la creación del hombre en el
día sexto. El versículo 26 dice: «Entonces dijo
Dios: Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra
semejanza; y señoree en los peces del mar, en las aves de los
cielos, en las bestias, en toda la tierra, y en todo animal que se
arrastra sobre la tierra.» La palabra «imagen» tiene
aquí el sentido de representante, de modo que el hombre
debía ser el representante de Dios sobre la tierra.
«Semejanza» comporta el sentido de parecido moral, en que
el hombre estaba en relación directa con Dios y que
tenía unos afectos en relación con el resto de la
creación que eran consonantes con el hecho de ser la cabeza de
la misma.
Al final del
día sexto, leemos: «Y vio Dios todo lo que había
hecho, y he aquí que era bueno en gran manera»
(Génesis 1:31). En este contexto, debemos reconocer en el
hombre a la obra de Dios, y el hecho de que Dios lo pronuncia como
«bueno en gran manera». La elevación del hombre por
encima del resto de la creación es sumamente pronunciada, y le
fueron dadas unas cualidades que le hacían especialmente
idóneo para una posición tan exaltada en la
creación de Dios. En tanto que a causa de la caída el
hombre ha perdido gran parte de la «semejanza» de Dios,
sigue siendo el representante de Dios en la tierra. Sigue habiendo
una dignidad inherente al hombre por su posición en la
creación, incluso tras haber caído.
Parte de la
dignidad y posición del hombre como cabeza de la
creación incluye las diversas capacidades que Dios le ha dado,
y que no han sido concedidas a la creación inferior. Una
persona, por ejemplo, puede tener una enorme capacidad
matemática. Es indudable que esto ha sido dado por Dios, y que
estaría presente incluso si el hombre no hubiera pecado. Otro
puede tener capacidad para la música, o quizá una gran
destreza manual, cosas éstas que el hombre habría
poseído sin la caída. Es apropiado y justo que se
dé reconocimiento a esas cualidades, tanto por parte de la
misma persona que las posee como por los demás. En este
sentido, el término «autoestima» no es malo, pero
quizá sería mejor el término «propia
imagen» o «propia valoración». Decir que soy
indigno con respecto a lo que Dios me ha hecho, o depreciar las
cualidades que he recibido de parte de Dios, es encontrar falta en la
obra de Dios, y viene a ser una acusación contra
Él.
De nuevo, esto
pone en evidencia la dificultad del término
«autoestima», porque no significa lo mismo para todos. Me
parece que se trata de un término deficiente, porque hace que
nuestros pensamientos se centren en nosotros mismos. Como veremos
más adelante, Dios quiere que volvamos nuestros pensamientos a
un Objeto fuera de nosotros mismos: el Señor Jesucristo. Pero,
si se usa el término en relación con el hombre en su
creación, puede suceder que no comunique un sentido totalmente
desacertado.
Pablo pensaba
en algo parecido al escribir a los filipenses, cuando dijo: «No
mirando cada uno por lo suyo propio [sus propias cualidades], sino
cada cual también por lo de los otros [las cualidades de los
demás]» (Filipenses 2:4). Solemos ser muy conscientes de
nuestras propias cualidades, y a la vez muy propensos a no reconocer
las que puedan poseer los demás. Por otra parte, los hay que
no se dan cuenta ni siquiera de las propias cualidades con las que
Dios les ha dotado.
En Mateo
25:14-30 encontramos la parábola de los talentos. Pone ante
nosotros la soberanía de Dios al dar diferentes capacidades a
diferentes personas. (En la parábola de las minas en Lucas 19
encontramos el equilibrio a esto, donde se nos presenta la
responsabilidad del hombre.) En tanto que los talentos pueden incluir
dones espirituales, creo que también nos presentan nuestras
capacidades naturales con las que nos ha dotado Dios, y por cuyo uso
cada uno será considerado responsable. Apocalipsis 4:11 dice:
«Señor ... tú creaste todas las cosas, y por tu
voluntad existen y fueron creadas.» Por esa causa fuimos creados
y recibimos las capacidades que poseemos. El hombre con sólo
un talento representa claramente a un alma que fue a una eternidad de
perdición, pero Dios le consideró responsable por no
usar para provecho aquello que le había sido encomendado. No
había usado su energía y capacidad en la voluntad de
Dios.
Resumiendo,
vemos entonces que Dios ha creado al hombre para Su agrado, y que le
ha dado una dignidad como cabeza de la creación. Asimismo,
Él nos ha dado unas capacidades específicas, que no
tenían nada que ver con la caída, y que somos
responsables de reconocer y usar para Él. En este sentido,
debemos tener de nosotros mismos la imagen que Dios tiene de
nosotros. No hacerlo es menospreciar al mismo Dios y tener
pensamientos erróneos acerca de Dios. Usar el término
«autoestima» para describir esto no es algo totalmente
erróneo, pero sugiero que hay un mejor lenguaje que podemos
utilizar para comunicar este pensamiento. Esto nos lleva a la
siguiente consideración.
Amor y
comprensión
Todos hemos
sido creados con unas ciertas capacidades que hemos recibido de Dios,
y con una necesidad básica de amor y comprensión. Sin
embargo, la mayoría de nosotros conocemos o hemos oído
hablar de personas a quienes se ha dicho, quizá desde su
más tierna infancia, que no valían para nada, que nunca
podrían hacer nada bien, que no tenían nada que
ofrecer. Esto sucede con frecuencia en el mundo en general, y, triste
es decirlo, también con frecuencia entre los creyentes. Esta
clase de actitud es claramente contraria a la Palabra de Dios, como
hemos visto. Sabemos que las vidas de tales personas a menudo acaban
de manera desastrosa, a no ser que se ponga remedio al mal.
En 1 Juan
leemos: «Amados, amémonos unos a otros; porque el amor es
de Dios. Todo aquel que ama es nacido de Dios, y conoce a Dios. El
que no ama, no ha conocido a Dios; porque Dios es amor» (1 Juan
4:7, 8). La necesidad de ser amado y comprendido forma parte de cada
uno de nosotros. Cuando una persona no recibe amor y
comprensión, se suscitan dificultades en su vida. Algunas
veces, esas dificultades se vuelven abrumadoras, de modo que la
necesidad de amor llega a ser más importante que la vida
misma.
En verano de
1980, una mujer llamada Judith Bucknell fue asesinada en Miami. Su
asesinato hubiera podido llegar a ser un dato más de una larga
estadística excepto por su diario. Aparentemente, era joven,
atractiva y llena de éxitos, pero su diario se levanta como un
monumento a la terrible soledad que experimentaba.
«¿Quién va a amar a Judith Bucknell?
óescribía ellaó. Me siento tan vieja. No amada.
No deseada. Abandonada. Utilizada. Quiero llorar y dormir para
siempre.» Su apariencia externa era de felicidad; gozaba de un
buen trabajo, de vestidos elegantes, y una hermosa vivienda: todos
los accesorios de «una buena vida». Pero escribía:
«Me encuentro sola, y quiero compartir algo con alguien.»
El dolor de su corazón no podía quedar satisfecho con
cosas materiales ni con relaciones superficiales, porque estaban
ausentes el verdadero amor y la verdadera comprensión.
Sin duda
alguna, este es el pensamiento que se expresa en el Salmo 63:3, donde
se dice: «Porque mejor es tu misericordia que la vida; mis
labios te alabarán.» El salmista había aprendido
que la misericordia, la inclinación favorable hacia uno, era
más importante para él que la vida, y la había
encontrado en el mismo Señor. Si reducimos la mayor parte de
nuestros problemas a un común denominador, es probable que los
ingredientes ausentes sean el amor y la comprensión. A veces
se identifica la autoestima con la necesidad de ser amado y
comprendido, pero de nuevo el término es deficiente. El
término «propia imagen» es más preciso, pero
también tiende a llevarnos a pensar en nosotros mismos.
Un joven, al
crecer, debe darse cuenta de que Dios le ha dado capacidades que no
estaban relacionadas con la caída. Por ejemplo, quizá
un niño exhibe una capacidad con sus manos, y puede trabajar
bien con herramientas. Unos padres sabios y amantes observarán
esto, y alentarán esta capacidad. Quizá le
comprarán herramientas y le facilitarán un medio donde
pueda desarrollar sus capacidades. Elogiarán sus esfuerzos,
incluso si inicialmente sus trabajos son algo burdos. Otro
niño puede mostrar dotes para la música; unos buenos
padres reconocerán esto y lo alentarán con unos medios
adecuados. Todo esto es bueno y legítimo, y se encuentra en la
Palabra de Dios.
Proverbios 22:6
dice: «Instruye al niño en su camino, y aun cuando fuere
viejo no se apartará de él.» Para llevar esto a
cabo, debemos reconocer que cada niño es diferente, y que no
podemos tratarlos de manera idéntica. Esto involucra conocer
«al niño» y reconocer el tenor de «su
camino». Los padres deberían amar a todos sus hijos por
igual, pero tratarlos como si fuesen iguales es un error, y es
contrario a la sabiduría de la Palabra de Dios.
Los elogios
forman una parte importante de este aliento, y a menudo nos olvidamos
de la gran importancia que tienen para un niño. He conocido a
padres que nunca elogiaban a sus hijos por miedo a que se volvieran
orgullosos. Debemos recordar que los niños pequeños,
como Samuel, pueden no conocer aun al Señor. Ellos contemplan
el mundo con los ojos de aquellos que más significan para
ellos, generalmente sus padres, y a veces otros adultos como
parientes cercanos o maestros. La mayoría de nosotros podemos
recordar cuán grande ha sido la influencia que han tenido
estas personas sobre nosotros durante nuestros años
formativos.
Así,
podemos ver que todos hemos sido creados con una necesidad
básica de amor y comprensión, y que es justo que se
dé provisión de lo uno y de lo otro en cualquier esfera
donde hay influencia y autoridad. Allí donde están
ausentes el amor y la comprensión, hay siempre dificultades, y
a menudo calamidades.
Algunos
preguntarán de inmediato: «¿Y qué sucede con
aquellos que no reciben este ingrediente tan importante en sus vidas?
¿Están acaso abocados a las dificultades y a las
calamidades a las que hemos hecho referencia?» Antes de
responder a esta pregunta, debemos considerar al hombre como una
criatura caída.
El hombre como
criatura caída
Hemos visto que
el hombre fue creado a imagen y semejanza de Dios, desconocedor del
mal, y que Dios pudo declarar el producto de Su obra como «bueno
en gran manera». Sin embargo, este hermoso estado de cosas
persistió sólo por un tiempo muy breve, y el hombre
introdujo el pecado en este mundo al transgredir la única
prohibición que Dios le había puesto. El pecado se
introdujo en la creación de Dios y estropeó todo lo que
Él había hecho. Toda la creación ha padecido
como resultado de la caída del hombre, su cabeza, pero el
hombre, como ser más exaltado, ha sentido quizá el
efecto de la misma más que el resto de la
creación.
Es importante
que cada uno de nosotros se dé cuenta de que hemos nacido en
este mundo con naturalezas pecaminosas y caídas como resultado
de la introducción del pecado en este mundo. David se
refería a este hecho cuando dijo: «En pecado me
concibió mi madre» (Salmo 51:5). También leemos en
Romanos 5:12: «Por tanto, como el pecado entró en el
mundo por un hombre, y por el pecado la muerte, así la muerte
pasó a todos los hombres, por cuanto todos
pecaron.»
¿Qué relación tiene esta solemne
verdad de la caída del hombre con nuestro tema? En el siglo
pasado, un joven acudió a un cristiano mayor que había
andado con el Señor durante muchos años. El joven le
preguntó si tendría un consejo para un joven que estaba
justo comenzando en la vida cristiana. Su respuesta fue breve y al
punto, porque le dijo: «Aprende bien cinco palabras: ìLa
carne para nada aprovechaî.» Esta cita, de Juan 6:63,
presenta de manera muy sucinta una verdad de importancia capital. El
pecado, habiendo entrado en este mundo, ha afectado a cada parte y
parcela de nuestro ser.
Este efecto del
pecado en todas las facetas de nuestras vidas se ilustra con lo que
le sucedió a un hermano en Cristo que gestiona una
vaquería y que tenía una excelente manada de vacas.
Compraba su pienso a una gran compañía que
también fabricaba pesticidas. Una vez algo del pesticida se
mezcló en fábrica con el pienso, y esta mezcla la
vendieron en una bolsa sencillamente etiquetada como pienso para
ganado. Era un potente veneno, y el resultado fue que toda su manada
de vacas tuvo que ser sacrificada y enterrada. Lo más
perturbador fue que no hubo suficiente con librarse del pienso
envenenado. Había afectado a la descendencia de las vacas que
no habían muerto y había contaminado el granero y
muchas cosas en el granero. Apenas si había algo que no
hubiera quedado afectado por aquel tóxico, y se precisó
de mucho tiempo para normalizar las cosas. El pecado en este mundo es
algo parecido. No es algo que afecte aisladamente a algunas cosas,
como quizá nos gustaría pensar. No, sino que ha
afectado a todo, a cada parcela de nuestro ser.
Sabemos que
todos hemos pecado y que tenemos una naturaleza pecaminosa, pero,
¿nos damos cuenta de que el pecado ha llegado a cada parte de
nosotros, como personas individuales naturales?
Muchos de
vosotros sois conscientes de que hay diferentes tipos de
personalidad, y que de una manera general todos podemos encuadrarnos
en uno de esos diferentes tipos (o en una combinación de
ellos). Por ejemplo, hay algunos que son muy trabajadores,
disciplinados y buenos organizadores. Esas son las personas que
pueden dirigir cualquier cosa, y que generalmente hacen mucho en este
mundo. Es indudable que esas cualidades les fueron dadas por Dios, y
es correcto decir que habrían poseído esas cualidades
incluso si no hubieran caído. Pero esas personas suelen tener
un aspecto negativo, porque a menudo son arrogantes e intolerantes
con los demás. Pueden ser sarcásticas, y a menudo no
trabajan bien con otros. Puede que lleguen a la cima del mundo de los
negocios y que accedan a posiciones directivas, pero a veces no son
queridas por sus subordinados.
Luego hay
aquellas personas mucho más abiertas y amistosas, y que son lo
que podríamos designar como «personas orientadas a la
gente». Son intuitivas, pueden sentir los sentimientos de los
demás y reaccionar de una forma apropiada. Generalmente,
tienen muchos amigos y caen bien. De nuevo, tenemos aquí un
rasgo dado por Dios, y habría formado parte de ellos aparte de
la caída. La faceta negativa es que esas personas suelen tener
un problema de autodisciplina, y encuentran difícil
disciplinar a otros. Encuentran mayores dificultades para mantener
puntualidad en sus compromisos, para gestionar sus asuntos de una
manera ordenada, y para tomarse sus responsabilidades en
serio.
Lo que vemos en
las personalidades humanas, incluyéndonos a nosotros mismos,
es en parte lo que Dios creó en Su sabiduría, y en
parte lo que el pecado ha introducido. Vemos belleza en la
naturaleza, y reconocemos la obra de la mano de Dios, pero luego
vemos la ruina que el pecado ha introducido. El hombre natural, sin
la sabiduría de la Palabra de Dios, no puede relacionar esas
dos cosas. Encuentra que el mundo es una mezcolanza inextricable de
bien y mal. Sólo la Palabra de Dios puede hacernos ver
cómo esas cosas pueden coexistir en el mundo.
Esos aspectos
negativos de nuestras personalidades forman parte del efecto de la
caída del hombre. Cuando tiene que ver con nosotros mismos,
¡cuántas veces presentamos excusas diciendo, «es que
soy así»! La implicación es que se me tiene que
aceptar como soy, porque así es como el Señor me ha
hecho. Pero eso no es conforme a la Palabra de Dios. «Formidable
y prodigiosamente he sido hecho» (Salmo 139:14, RVR97), y esto
incluye nuestra constitución mental además de la
física. Sin embargo, los efectos del pecado son demasiado
evidentes en nosotros, mental y físicamente. Deberíamos
reconocer las capacidades con las que Dios nos ha dotado, pero nunca
atribuir a la mano de Dios aquellas cosas que el pecado ha
introducido en este mundo.
El pecado no ha
arruinado toda la creación por un igual. Mientras que la
creación entera ha sentido los terribles efectos del pecado,
Dios ha preservado este mundo de los plenos efectos de la
caída del hombre. Recordemos al joven rico que acudió
al Señor Jesús, queriendo conocer qué
debía hacer para heredar la vida eterna. Cuando le dijo al
Señor que había guardado todos los mandamientos desde
su juventud, se registra que «Jesús, mirándole, le
amó» (Marcos 10:21). Aquí no tenemos el mismo
pensamiento que el amor de Dios hacia este mundo tal como se expresa
en Juan 3:16. Es cierto que el amor de Dios se dirige a todos en este
mundo, pero este versículo en Marcos 10 muestra más
bien el amor que el Señor Jesús sintió por un
hermoso carácter, uno que tenía un verdadero deseo de
hacer lo recto. A veces nos encontramos con aquellos que de natural
tienen una disposición muy atrayente, así como nos
encontramos también con los que son lo muy contrario de esto.
Aquí el Señor amó a este joven por lo que era de
natural. Pero la conversación que siguió con él
reveló lo que realmente estaba en su corazón.
Cuando el
Señor le dijo claramente lo que le faltaba, quedó
desvelado su verdadero estado delante de Dios. Pensaba él que
podría alcanzar la vida eterna guardando la ley, pero las
palabras del Señor pusieron en evidencia que estaba faltando a
la misma esencia de la ley. Cuando le preguntaron al Señor
Jesús cuál era el primer mandamiento de la ley,
contestó:
«El primer mandamiento de todos es: Oye, Israel;
el Señor nuestro Dios, el Señor uno es. Y amarás
al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu
alma, y con toda tu mente y con todas tus fuerzas. Este es el
principal mandamiento. Y el segundo es semejante: Amarás a tu
prójimo como a ti mismo. No hay otro mandamiento mayor que
éstos» (Marcos 12:29-31).
Si el joven
rico hubiera amado a Dios con todo su corazón, con toda su
alma y con toda su mente, habría seguido gustoso al
Señor Jesús. Si hubiera amado a su prójimo como
a sí mismo, habría dado con agrado sus bienes a los
pobres.
Es humillante
darse cuenta de que a menudo Dios no escoge a las personalidades
más agradables, sino más bien a aquellos que parecen
más gravemente afectados por el pecado. Pablo nos dice en 1
Corintios 1:27, 28: «Sino que lo necio del mundo escogió
Dios, para avergonzar a los sabios; y lo débil del mundo
escogió Dios, para avergonzar a lo fuerte; y lo vil del mundo
y lo menospreciado escogió Dios, y lo que no es, para deshacer
lo que es.» Nos sentimos atraídos a aquellos como el
joven rico que presentan de natural las personalidades más
atrayentes, pero a menudo los tales no sienten interés por el
evangelio. Luego, quizá encontramos al Señor salvando a
aquellos a los que de natural menospreciaríamos. Todo esto
tiene el efecto de cumplir 1 Corintios 1:29, que dice: «A fin de
que nadie se jacte en su presencia.» La gracia de Dios se
magnifica al llevar a los peores de este mundo a Cristo y exhibirlos
por toda la eternidad como trofeos de Su gracia.
Esto nos lleva
a otro punto, de lo más importante. ¿Qué hay
acerca de aquellos aspectos de nuestras personalidades que no son
malos, de aquellas capacidades que hemos recibido de parte de Dios?
¿No podemos acaso ufanarnos algo por ellas, y en este sentido
estimarnos a nosotros mismos? Podemos admitir que somos pecadores, y
sin embargo sentir que hay cosas buenas en nosotros que podemos
desarrollar.
Tenemos que
darnos cuenta de que incluso aquellas capacidades que Dios nos ha
dado están afectadas por el pecado, debido a que nuestra
naturaleza pecaminosa, indudablemente bajo el control de
Satanás, emplea esas capacidades para el mal. En tanto que las
capacidades mismas no son malas, se les puede dar un mal uso.
Supongamos que
alguien tenga capacidad para las matemáticas. Como hemos
visto, no hay nada malo con esta capacidad, e indudablemente fue dada
por Dios. Pero Satanás, usando el pecado como palanca, quiere
tomar esta capacidad y usarla para un mal fin. Así, los
hombres han empleado sus capacidades para la física y las
matemáticas para construir bombas que tienen ahora la
capacidad de destruir el mundo. Otro puede que tenga capacidad para
la música, mientras que algunos que puedan no tener capacidad
para la misma tienen sin embargo oído para apreciarla. Es
indudable que esto es también parte de la bondad de Dios para
con el hombre. Una vez más, el diablo usa la música
para ocupar las mentes de los hombres con placer y para apartarlos de
pensar acerca de cuestiones eternas. Es algo solemne que la primera
mención de música en la Biblia tiene relación
con la familia de Caín. Caín salió de delante de
la presencia del Señor, edificó una ciudad y
procedió a rodearse de todo lo que pensaba que le haría
feliz, pero dejó a Dios fuera. Fue uno de los descendientes de
Caín (Jubal) el que «fue padre de todos los que tocan
arpa y flauta» (Génesis 4:21). Esto no significa que la
música sea nada malo, pero subraya el hecho de que el pecado
usurpa incluso aquellas cualidades que Dios ha dado, y nos lleva a
usarlas para malos fines.
Vayamos un paso
más allá. Supongamos que las capacidades de que Dios
nos ha dotado son empleadas de una manera correcta. ¿Estamos
entonces haciendo lo que agrada a Dios? ¿Podemos entonces
recibir algún crédito nosotros mismos? No, porque
incluso al hacer lo que es recto, como criaturas caídas sin
Cristo, el motivo será siempre malo. Entrará el
orgullo, incluso si uso mi capacidad con un buen propósito.
Esto nos conduce a nuestra siguiente consideración.
Autoestima y
orgullo
Hemos visto que
cuando el hombre fue creado, Dios pudo decir del producto de su obra
que era «bueno en gran manera». Así, el hombre era
bueno, en el sentido de que era desconocedor del mal, y de que
poseía una semejanza moral con Dios. Esto no significa que
fuese santo, o siquiera justo, porque ambas cosas implican un
conocimiento y aborrecimiento del pecado. Había una hermosura
moral en el hombre en su inocencia, y hasta este punto había
una semejanza moral con Dios, pero en ningún sentido era igual
a Dios.
Soy consciente
de que a muchos de vosotros os dan cursos en autoestima, tanto en la
escuela como en el mundo laboral. En muchos casos, se mezcla con ello
algo de filosofía de la Nueva Era. Para los que no
estéis familiarizados con ella, todo el énfasis de la
llamada filosofía de la Nueva Era es la ocupación con
nosotros mismos, hasta el punto de declarar que todos somos dioses, y
que la misma esencia de Dios está dentro de cada uno de
nosotros. Se nos induce a pensar muy bien de nosotros mismos,
diciéndonos que somos, de hecho, realmente dioses. Este es el
trágico fin de mucho del actual pensamiento acerca de la
autoestima. Cuando es el hombre, y no Dios, quien deviene el punto de
referencia, el hombre acaba deificándose a sí
mismo.
Cuando el
hombre fue creado, todo era hermoso porque era la obra de Dios. El
hombre no había hecho nada para producir el bien del que
estaba rodeado, y en su estado de inocencia y de bondad moral no
había orgullo. Es indudable que podría reconocer las
cualidades y capacidades de que Dios le había dotado, pero en
su comunión incólume con Dios no había
todavía surgido el orgullo en su ser. Con la
introducción del pecado, se ha introducido la soberbia, y la
Palabra de Dios no nos deja lugar a dudas de que se trata de uno de
los peores pecados. «Los ojos altivos» encabezan la lista
de cosas que el Señor aborrece (Proverbios 6:17), y más
adelante el mismo libro nos dice que «abominación es a
Jehová todo altivo de corazón» (Proverbios 16:5).
Luego, en el Nuevo Testamento leemos que «la vanagloria de la
vida, no proviene del Padre, sino del mundo» (1 Juan 2:16).
Muchos otros versículos de la Palabra de Dios nos muestran que
la soberbia es un pecado de enorme gravedad.
El pensamiento
erróneo básico que colorea la mayor parte de los
actuales conceptos de la autoestima es que una apropiada autoestima
incluye orgullo, y que el orgullo mismo es bueno. Nuestra anterior
cita de la revista Selecciones hablaba de que
debíamos estar «orgullosos de nuestra propia imagen»
para poder sentirnos «confiados y libres para ser nosotros
mismos». El espíritu del orgullo ha impregnado tanto de
nuestro mundo actual que entra en casi todos los departamentos de la
vida, quizá sin que nos demos demasiada cuenta de ello.
Debemos comprender a la luz de la Palabra de Dios que cada forma de
soberbia es mala, y un pecado contra Dios.
Para comprender
el tema de la autoestima de una manera apropiada, debemos darnos
cuenta de que el orgullo es una falsa respuesta al éxito.
Tenemos tendencia a sentirnos orgullosos de nuestras capacidades
naturales, pero debemos ser conscientes de que todas ellas las hemos
recibido de Dios. Somos susceptibles al orgullo incluso de nuestros
caminos de pecado, quizá creyendo que hay en ellos algo de
bueno.
¡A menudo
defendemos nuestra naturaleza pecaminosa y caída y sus
acciones, en lugar de condenar la una y las otras! Si alguien me dice
que tengo mal genio, probablemente lo negaré, o
encontraré algún defecto en la persona que me lo dice,
a fin de esquivar el intento de alcanzar mi conciencia. Si alguien me
dice que exagero en lugar de decir la verdad, lo negaré
vigorosamente, y quizá diré a otros que el que me ha
dicho tal cosa es un calumniador y maldicente. Es una treta bien
conocida en el mundo que cuando se nos acusa de algo, tratamos de
desenterrar toda la «suciedad» que podemos acerca de
nuestro acusador, para evitar hacer frente a algo que pueda ser
cierto. Raras veces estamos dispuestos a admitir que estamos en un
error, incluso ante nosotros mismos. Nos hiere en lo más vivo
de nuestro orgullo. Creo que el mayor obstáculo para avanzar
en nuestras vidas cristianas es nuestra mala disposición para
admitir cuán malo es realmente el pecado en nosotros, mientras
que el primer paso a la felicidad es darnos cuenta de la ruina que el
pecado ha introducido, y con ello no tener confianza en nosotros
mismos.
Yendo un paso
más allá, somos aun más propensos a
enorgullecernos de aquello que la gracia ha obrado en nosotros. Los
corintios se habían hecho culpables de ello, de modo que Pablo
les dice: «Porque ¿quién te distingue? ¿o
qué tienes que no hayas recibido? Y si lo recibiste, ¿por
qué te glorías como si no lo hubieras recibido?»
(1 Corintios 4:7).
Hablamos acerca
de los que tienen una «deficiente autoestima» y de otros
que tienen una «elevada autoestima». A menudo se trata de
caras opuestas de la misma moneda, la moneda del orgullo. El que
tiene una «deficiente autoestima» se siente deprimido y
molesto porque su propia imagen no es la que él cree que
debería ser. En realidad, tiene una autoestima muy elevada: lo
que le sucede es que la realidad no se ajusta a sus ideales. No
acepta la forma en que Dios le ha hecho. (Nos estamos refiriendo
ahora a las aptitudes que ha recibido de Dios, no acerca del pecado.)
¡Cuántas veces no nos habremos mirado en el espejo y
deseado de corazón ser más altos, con un color
diferente de cabello, ser más listos, o quizá que
tuviéramos otras cualidades que el Señor no nos ha
dado! ¡Cuántas veces no he contemplado a otros
participando en actividades deportivas, y he deseado poseer algo de
su capacidad! Según proseguía la vida, descubrí
que muchos de los que eran tan buenos en actividades atléticas
deseaban una mejor actuación en los círculos
académicos, donde quizá algunos de nosotros nos
sentíamos algo más cómodos. Parece que siempre
deseamos lo que no poseemos. Triste es decirlo, Satanás obra
en nosotros a través de nuestras naturalezas pecaminosas para
hacernos sentir desgraciados acerca de lo que Dios nos ha dado, y
para consumirnos con deseos por talentos que Él no nos ha
dado.
El que tiene
una «elevada autoestima» cree que ha llegado a un cierto
punto, cuando no ha llegado en absoluto. Tiene una propia imagen
irreal, ¡mientras que otros lo evalúan de una manera
generalmente mucho más realista! Ya conocéis a esta
clase de persona: se trata de alguien que está siempre
pensando en sí mismo y en lo que puede hacer. La encontramos
inaguantable, y no queremos tenerla a nuestro alrededor.
Pero
quizá me dirás: «Me siento satisfecho de mí
mismo. Estoy justo en medio óno tengo una autoestima excesiva
ni baja.» Esto es lo que está intentando comunicarnos el
artículo de Selecciones: que debemos ser
conscientes de cuál es nuestra propia imagen, y estar
orgullosos de ella. Esto también es malo, porque el orgullo,
como hemos visto, está siempre condenado en la Palabra de
Dios. En tanto que debemos reconocer las capacidades que hemos
recibido de Dios, debemos darnos cuenta de que nunca seremos felices
si nos ocupamos con nosotros mismos, porque el orgullo siempre
entrará. Se dice que en la actualidad hay una epidemia de
deficiencia en autoestima en nuestra sociedad. Seamos sinceros, y
reconozcamos que lo que hay es una epidemia de orgullo. Es el
resultado de centrarse en el hombre, en lugar de en Dios.
La
sabiduría de este mundo dice que tenemos que edificar la
autoestima del individuo. Se nos dice que debemos tomar a las
personas y mostrarles que tienen buenas cualidades, que son personas
valiosas, que tienen capacidades que pueden desarrollar, y que pueden
estar orgullosos de sí mismos. Que debemos mostrarles que son
miembros útiles de la sociedad, que tienen algo que hacer en
este mundo, y una contribución importante que dar. Esto
está muy bien hasta cierto límite, porque muchos no
llegan a ser conscientes de sus capacidades naturales debido a la
carencia de un aliento, amor y comprensión apropiados. Pero si
esta manera de actuar me lleva a centrarme en mí mismo,
estaré siempre ocupado con mi yo, bien de una manera positiva,
bien negativa. Y el orgullo siempre tendrá tendencia a
introducirse, si yo soy el objeto de mi propio corazón.
Antes de
abandonar mi práctica clínica, solía llevar a
cabo muchas operaciones de cirugía. Y hubiera podido dejar que
mi capacidad como cirujano llegase a ser mi fuente de autoestima: eso
es lo que el mundo nos dice que hagamos. En tanto que cualquier
capacidad que tuviera era dada por Dios, y por ello algo que
reconocer y usar, hubiera sido un error que fuese una causa de
orgullo. Un colega mío, que era anestesista y colaboraba mucho
en mis operaciones, descubrió que yo tenía una
motosierra, y que la usaba con frecuencia para cortar leña
para nuestro hogar. Me dijo que era un insensato, que un solo desliz
con aquella motosierra me podría arruinar una de las manos, o
ambas, y poner fin a mi carrera. Esto era verdad, y si mi autoestima
hubiera residido en mi capacidad como cirujano, entonces la
pérdida de mis manos hubiera significado no sólo el fin
de mi carrera como cirujano, sino también el fin de mi
autoestima.
Todo lo que
poseemos en este mundo, sea salud, capacidad, posesiones o cualquier
otra cosa, es muy frágil, y podemos perderlo con suma
facilidad. ¿Vamos a edificar sobre cosas temporales, y que se
pierden tan fácilmente? Muchos hacen precisamente esto, y por
esto se pone tanto énfasis en la autoestima. Pero el problema
no desaparece con ello. Más bien, parece estar empeorando.
Esto se debe sencillamente a que todo el concepto de autoestima
tiende a basarse en lo que el hombre pecaminoso es, y en cosas que no
sólo no pueden dar satisfacción en ningún caso,
sino que además se pueden perder con facilidad.
¿Qué hay acerca del peligro de hacer un
cumplido y que con ello la persona se enorgullezca? Algunos padres
pocas veces dan ninguna alabanza a sus hijos, por temor a que se
enorgullezcan de sí mismos. Todos hemos tenido a personas con
autoridad sobre nosotros que nunca nos hablaban sino para decirnos
que habíamos hecho algo mal. Los hijos en este tipo de
hogares, o las personas que trabajan bajo supervisores así, no
encuentran un buen ambiente en el que crecer o en el que trabajar.
¿Está mal entonces que un marido diga a su mujer que es
hermosa, o a su hija que su nuevo vestido le sienta muy bien?
¿Es peligroso hacer una observación sobre el traje nuevo
de alguien, o decirle que ha hecho un buen trabajo?
Aquí
tenemos un punto de enorme importancia. Hemos visto que todos
necesitamos amor y comprensión. Cuando decimos a alguien:
«De veras me gusta tu cabello; te cae muy bien», o
«has hecho un gran trabajo; no creo que nadie lo hubiera podido
hacer mejor», ¿qué es lo que estamos comunicando?
Sugiero que la persona a la que se le han dicho esas cosas se va
complacida porque ha agradado a alguien a quien quería
agradar. Los hijos buscan el amor y la aprobación de sus
padres, y cuando sus padres los elogian, son conscientes de que han
agradado a aquellos que más significan para ellos. No hay nada
de malo en ello, y tenemos ejemplos de eso en la Escritura. Pablo
elogia a los corintios cuando dice: «nada os falta en
ningún don» (1 Corintios 1:7). En la segunda
epístola, donde trata de la cuestión de las
dádivas cristianas, les dice que se había jactado a los
de Macedonia, «que Acaya está preparada desde el
año pasado» (2 Corintios 9:2). Es indudable que esto
significó un aliento para ellos, porque ellos habían
complacido a su padre espiritual. El Señor mismo nos alienta
de vez en cuando en la senda cristiana al dejar que otros nos digan
que lo que hemos hecho por ellos ha tenido un efecto
benéfico.
Quizá el
ejemplo más hermoso del uso recto de los cumplidos aparece en
el Cantar de los Cantares. Allí la esposa no tiene altos
pensamientos acerca de sí misma, pero luego se regocija en la
estima que el esposo tiene de ella. Él la inunda con su amor y
con todo lo que ve en ella, mientras que ella, como respuesta,
sólo tiene amor hacia él, y habla de él. El gozo
de él reside en ella, y lo expresa de una manera plena, pero
todo esto sólo hace que él sea más encantador
para ella, y así ella habla sólo de él. La
única queja que ella tiene es que no tiene una mayor capacidad
para gozar de él. Todo esto es un ejemplo maravilloso del uso
apropiado de los cumplidos, y de la reacción correcta ante
ellos.
Satanás
querría, usando nuestra naturaleza de pecado, corromper todo
esto. Él toma este cumplido o aquella palabra de aliento, y
nos sugiere: «¡Qué persona más maravillosa
debes ser, para ser tan hermosa!», o «¡Qué
personaje más notable debes ser, para poder hacer un trabajo
como este!» Luego comienza a arder la llama de la soberbia, y
todo queda estropeado, porque el orgullo es pecado. Agradar a alguien
de una manera correcta no es malo, pero estar orgulloso de ello es
nuestra naturaleza caída convirtiéndolo en
pecado.
A veces puede
que sea muy fina la línea entre ambas cosas, pero esta
línea está siempre ahí. Existe el peligro de
hacer demasiados cumplidos y también el de no hacer ninguno.
He conocido a los que nunca hacían un cumplido porque
tenían miedo que resultase en orgullo en la persona a la que
iba dirigido. El resultado era que la persona citada comenzó a
pensar: «No puedo hacer nada bien, ¡porque siempre que
intento alguna cosa, todo lo que consigo son críticas!»
Esta no es la manera divina de actuar, porque la manera divina es la
de alentarnos. Nos es necesario recibir la reacción del otro
para saber cuando lo estamos haciendo bien, y cuando no. Por otra
parte, es igualmente cierto que Dios quiere apartar el yo de mi
centro de atención, de modo que me ocupe de agradarle a
Él. Cuando hacemos algo agradable para el Señor, es
sólo debido a que aquello que Él nos ha dado mana de
nuestras vidas. Me gustó un comentario que me hizo una hermana
mayor en Cristo hace algunos años: «Un poco de elogio
para elevarte, pero no suficiente para hincharte.»
Expresó muy bien con ello lo que enseña la Palabra de
Dios.
Alguien me dio
recientemente un folleto de Care
Lines [Líneas Solícitas] para el mes de agosto
de 1991, y su mensaje se ajusta mucho a nuestro tema. El
versículo citado era: «No que seamos competentes por
nosotros mismos para pensar algo como de nosotros mismos, sino que
nuestra competencia proviene de Dios» (2 Corintios 3:5). Luego
el comentario era como sigue:
La
autoconfianza respecto a que puedo hacer cualquier cosa porque soy
bueno no es un pensamiento escriturario. La confianza en Dios, porque
Cristo me da precisamente lo que necesito para usarlo para Él
y para Su gloria, es la forma que debería adoptar nuestra
confianza. No se basa en nosotros mismos, sino en Dios. Él es
la fuente que da el don, y el poder para llevar las cosas a cabo. No
nosotros. Jesús es Aquel que murió para limpiarnos de
nuestros pecados; no lo hicimos nosotros. Cerciorémonos de que
otros ven que nuestra confianza es realmente confianza en Dios, y que
yo, como persona, no tengo confianza en mí mismo.
El orgullo es
siempre mencionado de manera negativa en la Palabra de Dios, y es
siempre condenado; la confianza es casi siempre mencionada como algo
positivo, por cuanto lo que se tiene a la vista es la confianza en
Dios. ¡Pero esto se tratará más adelante!
Versículos mal empleados
A menudo es
necesario desaprender conceptos errados antes que podamos aprender
las cosas bien. En la actualidad se están enseñando
muchos conceptos errados acerca de la autoestima, a veces incluso en
un contexto escriturario. Antes que empecemos a tratar conceptos
más positivos acerca de esta cuestión, es necesario
mencionar dos versículos que han sido mal empleados, incluso
por parte de creyentes, para dar unos conceptos erróneos
acerca de la autoestima.
Efesios 5:28
dice: «Así también los maridos deben amar a sus
mujeres como a sus mismos cuerpos. El que ama a su mujer, a sí
mismo se ama.» Este versículo ha sido tomado por algunos
como significando que uno no puede amar a su mujer (o a ninguna otra
persona) de manera apropiada excepto si se ama a sí mismo.
Pero no es este el sentido del versículo. Lo que se nos expone
aquí es sencillamente la preciosa verdad de que cuando un
hombre y una mujer están casados, Dios los contempla como una
carne. Que un hombre ame a su mujer debería ser cosa tan
natural como amarse a sí mismo. ¿Acaso Dios tiene
necesidad de mandarnos que nos amemos a nosotros mismos? No, eso lo
hacemos sin necesidad de que se nos impulse a ello. Todos de natural
nos cuidamos bien a nosotros mismos, y Dios está sencillamente
diciendo aquí que si amas a tu mujer, te amas a ti mismo,
porque ambos sois una carne, y que si destruyes a tu mujer por cualquier
medio óla crítica, la infidelidad o cualquier otra
formaó, te estás destruyendo a ti mismo. Se debe decir
de manera enfática: no tenemos aquí ninguna
justificación escrituraria para el amor propio.
Luego tenemos
Mateo 22:39: «Amarás a tu prójimo como a ti
mismo», pasaje que ha sido tomado como una justificación
escrituraria para el amor propio. Una vez más, el amor a uno
mismo se da por supuesto, y lo que la ley ordenaba al hombre era amar
a su prójimo como a sí mismo. No hay mandamiento a
amarse a uno mismo. Este pensamiento no se encuentra en la Palabra de
Dios.
Luego,
Filipenses 2:3 dice: «Nada hagáis por contienda o por
vanagloria; antes bien con humildad, estimando cada uno a los
demás como superiores a él mismo.» He oído
a algunos decir que está bien que uno se estime a sí
mismo siempre y cuando estime a los demás como mejores que uno
mismo. Si llevamos esto a su conclusión lógica, esta
interpretación resultaría en los casos peores en una
baja autoestima, porque en último término
tendríamos que considerar que todos los demás son
mejores en todas las formas que nosotros mismos. Una vez más,
no me parece que éste sea el significado del versículo.
El pensamiento es que todos nosotros, sean cuales fueren nuestras
capacidades naturales, nuestros dones espirituales o nuestra
fidelidad al Señor, podemos siempre contemplar a otro creyente
y ver una cualidad, un don o un rasgo deseable de carácter que
nosotros no poseemos. También podemos mirarnos a nosotros
mismos y contemplar un pecado que nos acosa y que otros no tienen. Si
estamos caminando con el Señor, veremos el bien en otros, y a
la vez reconoceremos nuestras propias faltas. No tendremos problema
alguno para estimar a otros como mejores que nosotros mismos, porque
buscaremos lo mejor en los demás. Si pensamos en nosotros
mismos, será más bien para juzgar nuestros fracasos que
para hincharnos por lo que somos o por lo que hemos hecho. Este
versículo, desde luego, no es la justificación
escrituraria para la autoestima tal como este término
está siendo actualmente interpretado. Deberíamos
permanecer ocupados con Cristo y los demás, y no con nosotros
mismos.
Cristo—Su amor y comprensión
Hasta este
punto, hemos tratado mayormente acerca del aspecto negativo de la
autoestima, señalando cómo la presencia del pecado lo
ha arruinado todo en la creación de Dios. Hemos visto que
incluso aquellas cosas que Dios ha dado se usan para un mal fin, y
que el orgullo entra fácilmente y estropea incluso los
sentimientos más rectos. ¿Cuál es entonces la
respuesta para todo esto? ¿Hay alguna manera de poner todas
estas consideraciones en una perspectiva correcta? Creo que sí
la hay. Como con todas las otras cuestiones de la vida, tenemos que
introducir a Cristo. En Él, mediante Su Palabra, encontramos
la respuesta para todo. Como alguien me dijo: «La respuesta a
todo para el creyente se encuentra junto a la cruz.»
En nuestras
observaciones bajo el encabezamiento «Amor y
comprensión», hemos señalado que ser amado y
comprendido son cosas esenciales para cada ser humano, y que la
privación de esas cosas ha provocado graves dificultades, y
ocasionalmente calamidades. ¿Qué sucede con aquellos que
no han recibido esos importantísimos factores en sus vidas?
Sabemos demasiado bien que el pecado ha arruinado incluso este
aspecto de nuestras vidas en muchas ocasiones. Quizá algunos
de nosotros proceden de hogares cristianos donde se daba el amor en
gran medida, e incluso en hogares en los que Cristo no es conocido
está presente con frecuencia el amor. Pero sabemos que
tristemente está ausente de muchos hogares, haciendo las cosas
muy difíciles para los niños que crecen en medio de tal
ambiente. Éstos tienden a contemplarlo todo a través
del color de sus experiencias.
He hablado con
algunos que encontraban difícil creer que Dios les amaba,
debido a que habían conocido tan poco amor en sus vidas.
Habían buscado amor y comprensión en sus padres, y, al
no recibirlo, encontraron difícil creer que nadie más
les amase. A otros se les había dicho toda la vida que
carecían de valía y que no eran buenos para nada, y con
ello encontraron difícil creer que nadie pudiera apreciarlos,
o que tuvieran capacidad alguna para hacer nada. Aun otros
habían vivido tanto de sus vidas bajo la sombra de una
terrible experiencia, quizá desde su infancia, y habían
sido incapaces de recuperarse de aquello.
Hemos visto que
la sabiduría humana propone una respuesta para este problema,
e intenta convencer a la persona acerca de su propia valía, de
su capacidad y de su importancia en este mundo. Este enfoque puede
tener un cierto mérito al hacer consciente a la persona de sus
capacidades que ha recibido de Dios. Sin embargo, no llega
suficientemente lejos, porque el resultado lógico es
sólo orgullo por una parte, o frustración por la
otra.
El año
pasado, mientras mi mujer y yo disfrutábamos de un viaje en
automóvil por la costa occidental de los Estados Unidos, me
volví a ella y le dije: «Sabes, una necesidad
básica de cada ser humana es amor y comprensión.»
Ella respondió: «¿Qué sucede si no lo
recibes? ¿Qué sucede si creces en un ambiente duro?»
Puede que algunos de los lectores de estas líneas
procedáis de hogares así, y (¿me atreveré a
decirlo?) algunos de vosotros podéis proceder de asambleas
donde parece haber poco amor y comprensión. Puede que
intentéis hacer algo de todo corazón, y sólo
conseguís críticas por ello, bien en casa, bien fuera.
¿Habéis tenido la experiencia de intentar ayudar y que os
hayan rechazado, diciéndoos que no podéis hacerlo bien?
Quizá comencéis a preguntaros cuál es vuestro
papel, y qué debierais estar haciendo.
Ya nos hemos
referido al Salmo 63:3, que dice: «Porque mejor es tu
misericordia que la vida; mis labios te alabarán.» El
versículo 1 dice: «Dios, Dios mío eres tú;
de madrugada te buscaré; mi alma tiene sed de ti, mi carne te
anhela, en tierra seca y árida donde no hay aguas.» Dios
provee amor y comprensión a aquellos que han estado privados
de lo uno y de la otra, no debido a lo que somos, ¡sino debido a
lo que Él es! Es Su misericordia, Su disposición favorable, lo
que necesitamos más que todo, ¡y Él nos la
dará incluso si nadie más lo hace!
«Puestos los ojos en Jesús, el autor y
consumador de la fe, el cual por el gozo puesto delante de él
sufrió la cruz, menospreciando el oprobio, y se sentó a
la diestra del trono de Dios. Considerad a aquel que sufrió
tal contradicción de pecadores contra sí mismo, para
que vuestro ánimo no se canse hasta desmayar» (Hebreos
12:2, 3).
Dios nos ha
dado un ejemplo, y este ejemplo es el Señor Jesús.
Aquí el énfasis recae en el andar práctico del
creyente, y el Señor Jesús nos es presentado como un
ejemplo. Hubo Uno, nuestro Señor Jesucristo que (lo digo con
reverencia) estuvo satisfecho con la aprobación de sólo
Uno. El Salmo 88:18 dice: «Has alejado de mí al amigo y
al compañero, y a mis conocidos has puesto en tinieblas.»
El Salmo 69 es uno de los Salmos Mesiánicos, que hace
referencia profética al Señor. El versículo 20
afirma: «El escarnio ha quebrantado mi corazón, y estoy
acongojado. Esperé quien se compadeciese de mí, y no lo
hubo; y consoladores, y ninguno hallé.»
¿Te
sucede, nos sucede, que a veces nos encontramos diciendo: «Nadie
me comprende; parece que nadie me ama ni se cuida de mí»?
Creo que a veces el Señor Jesús nos lleva, a ti, a
mí, al punto en nuestras vidas en el que nos pregunta si
estamos dispuestos a seguir si tan sólo tenemos Su aprobación y Su amor. ¿Cuál
fue el gozo que fue puesto delante de Él, en Hebreos 12:2?
Creo que fue el gozo de hacer la voluntad del Padre, y Él es
un ejemplo para nosotros. Dios le privó en la cruz de todo
posible consolador. ¿Para qué? En parte, para mostrarnos
que nuestro bendito Salvador podía pasar por todo aquello sin
apoyos humanos. ¿Estamos dispuestos a ello? ¿Estás
dispuesto a decir: «Señor, tu amor y tu aprobación
son suficientes»? Yo no soy responsable de la falta de amor y
comprensión que pueda haber experimentado en mi infancia, pero
Dios me considera responsable como persona madura en lo que
atañe a mi reacción ante tales experiencias, porque me
ha dado todo lo necesario para capacitarme para vencerlas.
Me doy cuenta
de que esto es más difícil para unos que para otros.
Algunas personas son de natural más resistentes, y pueden
capear las críticas con mayor facilidad. Otras parecen poder
sobrevivir a la carencia de amor y comprensión, mientras que
otras quedan totalmente devastadas. Que cada uno de nosotros aprenda
a decir: «Señor, ayúdame a aprender viviendo a la
luz de tu amor y comprensión.» Nunca seremos plenamente
felices en nuestra vida cristiana hasta que podamos decir: «Me
sentiré satisfecho si tan sólo gozo del amor del
Señor en mi corazón, y tengo en mi alma la conciencia
de que estoy haciendo Su voluntad.»
Cuando hemos
alcanzado el punto de necesitar sólo de Su aprobación,
de Su amor, de Su comprensión, sucede entonces una cosa
maravillosa. Descubrimos que el Señor nunca nos deja del todo
sin compañerismo, amor, cuidado y aliento. No: Él sabe
que necesitamos la ayuda y el aliento mutuos, y nunca nos
dejará totalmente a solas.
Ha habido
ocasiones en mi vida en que he sido llevado al punto de decir:
«Señor, tu amor es suficiente.» No me refiero a que
haya jamás experimentado un rechazamiento total de parte de
todos aquellos de los que esperaba amor y comprensión, pero ha
habido tiempos en mi vida en los que he sentido que el problema que
estaba experimentando difícilmente podía compartirlo
con nadie más. Quizá hayas pasado por esta experiencia.
Es maravilloso, bajo esas circunstancias, sentir al Señor casi
tocando tu hombro con Su mano y alentándote a proseguir,
diciéndote que Él comprende, que Él te ama y que
se cuida de ti. Pero en cada una de esas situaciones, Dios ha enviado
a alguien a darme ánimo, una palabra de aliento, un
empujón, como solemos decir. A veces era sólo una
palabra bondadosa, pero era precisamente lo que necesitaba. El
Señor sabe cuánto necesitamos este impulso, y Él
nos lo dará, justo en el momento adecuado. Luego nos ocupamos
con Él, dándonos cuenta de que el estímulo,
aunque haya venido de nuestros compañeros cristianos, procede
en último término de Él mismo. Lo miramos a
Él, no a otros, ni siquiera a nosotros mismos. Al considerarlo
a Él, y todo lo que Él padeció, nos ocupamos con
Su perfección, y nos damos cuenta de que Él nos
compensará por aquello de que el pecado nos haya
privado.
«Un
hombre en Cristo»
Hemos
considerado al hombre en la creación, y al hombre como
criatura caída. Consideremos ahora al hombre en Cristo. Ya
hemos visto que el pecado entró en el mundo por la
desobediencia del hombre, y que ha afectado a cada parte de nuestro
ser. Debido a la entrada del pecado en este mundo, cada uno de
nosotros tiene una naturaleza pecaminosa, caída. Hemos visto
que el pecado toma incluso aquellas capacidades que hemos recibido de
Dios y las usa en mal sentido. En la última sección
hemos dicho que la respuesta a todo para el creyente se encuentra
junto a la cruz. A fin de comprender esta declaración, debemos
considerar la verdad que se expone en Romanos, capítulos 6, 7
y 8.
En el libro de
Romanos hasta el versículo 12 del capítulo 5 tenemos el
examen de la cuestión de los pecados. Queda establecida la
culpabilidad absoluta de todo el mundo, y luego se presenta la obra
acabada de Cristo como el único remedio. Luego, desde Romanos
5:12 hasta el fin del capítulo 8, se presenta ante nosotros la
cuestión del pecado en su raíz y principio. Debemos ver con
claridad el problema del pecado si queremos ver la respuesta
escrituraria a la cuestión de la autoestima.
Es importante
ver que cuando Dios nos salva, Én no perdona nuestra
naturaleza pecaminosa y caída, y tampoco la quita. El
Señor Jesús dijo a Nicodemo: «Os es necesario
nacer de nuevo» (Juan 3:7). Cuando acudimos como pecadores
culpables, Dios perdona nuestros pecados y nos da una nueva vida
en Cristo. Ahora el creyente tiene dos naturalezas: una que es
desesperadamente pecaminosa y que no puede agradar a Dios, y una
nueva naturaleza que es verdaderamente vida en Cristo y no puede
pecar. La presencia de estas dos naturalezas es causa de conflicto en
nuestras vidas.
La vieja
naturaleza de pecado nunca mejora a lo largo de toda nuestra vida.
Está siempre con nosotros, y es igual de mala después
que he sido salvo durante veinte años que como lo era antes de
ser salvo. Dios quiere que yo exhiba mi nueva vida y su naturaleza en
mi andar cristiano, pero, ¡cuántas veces intenta
reafirmarse la vieja naturaleza! Por eso pecan los cristianos, y la
ocupación en el yo y el orgullo son parte de esos
pecados.
En Romanos 5
tenemos la verdad de que la sangre de Cristo ha quitado mis pecados. En Romanos 6 aprendemos la verdad adicional de que
en la muerte de Cristo Dios vio la muerte de nuestro «viejo
hombre». «Sabiendo esto, que nuestro viejo hombre fue
crucificado juntamente con Él, para que el cuerpo del pecado
sea destruido, a fin de que no sirvamos más al pecado»
(Romanos 6:6). Ahora, el mandamiento es: «Así
también vosotros consideraos muertos al pecado, pero vivos
para Dios en Cristo Jesús, Señor nuestro» (Romanos
6:11). Antes de la muerte de Cristo, nunca se mandó a nadie
que se considerase a sí mismo (es decir, el viejo hombre) como
muerto. Más bien, había sido puesto bajo la ley hasta
la venida de Cristo. «La ley ha sido nuestro ayo, para llevarnos
a Cristo» (Gálatas 3:24). Ahora Cristo ha muerto y
resucitado. El creyente, identificado con Cristo, puede decir que
él también ha muerto al pecado, y con ello el pecado ya
no tiene más dominio sobre él. Ahora Dios nos contempla
no como pecadores caídos, sino como aquellos que tenemos nueva
vida en Cristo. Debemos permitir que la nueva vida y naturaleza
caractericen nuestro caminar cristiano, y debemos reconocer que hemos
muerto al pecado.
El acto del
bautismo nos expone esta nueva posición. Al pasar por el
bautismo, el creyente confiesa su identificación con la
muerte, sepultura y resurrección de Cristo. Ya no está
identificado con un mundo pecaminoso que ha rechazado al Señor
Jesús, sino que forma parte ahora de la familia de Dios. Ha
muerto al pecado. Ya no ha de andar más en sus antiguos
caminos de pecado; ha de andar ahora «en novedad de vida»
(Romanos 6:5). El pecado en mí ómi naturaleza vieja y
pecaminosaó ya no tiene más derechos sobre mí.
«Si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas
viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas» (2
Corintios 5:17).
Este conflicto
entre la naturalezas vieja y la nueva queda expuesto de una manera
práctica en Romanos 7. Aquí tenemos al hombre
verdaderamente renacido y gozando de una nueva vida, pero
todavía no ha experimentado la liberación del pecado.
Igual que en el caso de muchos de nosotros, el hombre en Romanos 7
descubrió que en tanto que tenía una nueva vida y
quería hacer lo bueno, no tenía poder para ello.
¿Cuántos de nosotros hemos querido sinceramente vivir la
vida cristiana, pero encontrando constantemente que pecábamos
a pesar de nosotros mismos? ¿Cuántos de nosotros no hemos
encontrado, en palabras de Romanos 7:15, que «lo que hago, no lo
entiendo; pues no hago lo que quiero, sino lo que aborrezco, eso
hago»?
¿Cuál es la razón de que somos
incapaces de conseguir la victoria? Encontramos la respuesta en el
versículo 18. Debemos llegar a la conclusión
escrituraria de que «en mí, esto es, en mi carne, no mora
el bien». Tantas veces estamos dispuestos a admitir que hemos
pecado, pero no estamos dispuestos a admitir que no hay nada en
nosotros que tenga mérito alguno delante de Dios. No estamos
dispuestos a reconocer que no hay absolutamente nada en nosotros en
la carne que Dios pueda aceptar ótodo ha quedado arruinado por
el pecadoó. Más aún, debemos llegar a la triste
conclusión a la que llega el Apóstol en el
versículo 24, cuando dice: «¡Miserable de
mí!» No sólo es la vieja naturaleza
incorregiblemente mala, sino que nuestra condición es
increíblemente desgraciada. Es penoso reconocer esta realidad,
pero es esencial, si queremos ser liberados del pecado. Es
sólo cuando esto se hace realidad en nuestras almas que
dejamos de tener ninguna confianza en nuestra vieja naturaleza de
pecado y que nos volvemos a Cristo. Por eso dice la última
parte del versículo 24 y el versículo 25:
«¿Quién me librará de
este cuerpo de muerte? Gracias doy a Dios, por Jesucristo
Señor nuestro.» La liberación viene no mediante la
ocupación con nuestro yo y tratando de mejorarnos a nosotros
mismos, sino mirando fuera de nosotros mismos, a Cristo. Entonces
encontramos liberación inmediata, porque estamos ocupados con
lo que Cristo es, y no con lo que nosotros somos.
A menudo
retrocedemos horrorizados al darnos cuenta de lo verdaderamente
terrible que es nuestra naturaleza pecaminosa. No queremos admitirlo,
de modo que defendemos nuestra vieja naturaleza de pecado, o la
excusamos, en lugar de admitir que es tan mala como parece. El camino
a la liberación es admitir plenamente lo que Dios ya nos ha
dicho en Su Palabra, que «Engañoso es el corazón
más que todas las cosas, y perverso» (Jeremías
17:9). Que nuestra naturaleza sea tan mala como Dios declara que es:
Dios la ha condenado en la cruz, y en la muerte de Cristo he muerto
al pecado. «Dios, enviando a su Hijo en semejanza de carne de
pecado y a causa del pecado, condenó al pecado en la
carne» (Romanos 8:3).
Romanos 8 nos
presenta la bendita posición del creyente que ha sido liberado
del pecado. No sólo son lavados mis pecados, sino que he sido
liberado de la ley (o, del principio) del pecado y de la muerte. Ya
no estoy ante Dios como un pecador arruinado, sino que estoy «en
Cristo Jesús» (Romanos 8:1), no andando «conforme a
la carne, sino conforme al Espíritu» (Romanos 8:4). En
lugar de tratar de mejorar la naturaleza de pecado, sencillamente me
aparto de ella, reconociendo que ante Dios estoy «en
Cristo» y que tengo una nueva vida en Él.
Hace
años había más gente que quemaba leña y
carbón para calentar sus casas, y los deshollinadores eran muy
numerosos. Como puede que sepáis, al quemar leña y
carbón, se acumula en las chimeneas una sustancia que se llama
creosota, y si no se limpia de manera periódica, finalmente el
resultado es que la chimenea se enciende. Esos deshollinadores
pasaban por las casas con regularidad y limpiaban chimeneas para
ganarse la vida. A veces, las chimeneas eran lo suficientemente
grandes como para que chicuelos y hombres entrasen en ellas para
hacer la limpieza, y podemos imaginarnos cuánto se ensuciaban.
Se quedaban cubiertos de hollín de la cabeza a los pies.
Veías a esos hombres ir de casa en casa, todos ennegrecidos,
con sus escobones y otros utensilios sobre el hombro.
Ahora, dejad
que os haga una pregunta: «¿Cómo os
ensuciaríais más: abrazando un deshollinador, o
luchando con él a brazo partido?» Si reflexionáis
un momento, estaréis de acuerdo en que no habría mucha
diferencia: de una manera o de la otra os ensuciaríais sin
remedio.
Si comparamos
el deshollinador con nuestra vieja naturaleza pecaminosa, la
aplicación se hace evidente. Al diablo no le preocupa si
abrazamos el pecado o si estamos constantemente luchando con
él, porque de una manera o de la otra quedamos contaminados.
Lo que hemos de hacer es apartarnos del deshollinador, mantenernos
bien lejos de él. Esto es lo que nos dice la Palabra de Dios
que debemos hacer cuando nuestra naturaleza pecaminosa intenta
actuar: sencillamente, debo apartarme de ella, y dejar que el
Espíritu de Dios ponga a Cristo ante mí. Cada verdadero
creyente tiene al Espíritu de Dios morando en él, y el
Espíritu de Dios es el poder de la nueva vida. Volveremos a
esto más adelante.
«Vive
Cristo en mí»
Hemos visto que
la verdadera posición cristiana es la de estar muerto,
sepultado y resucitado con Cristo. Por lo que atañe al pecado,
Dios lo ha condenado en la cruz. En la muerte de Cristo, Dios vio la
crucifixión de mi viejo hombre, y la cruz fue el fin de todo
aquello que yo era como criatura pecaminosa de la raza de
Adán. Ahora tengo derecho a asumir esta posición en la
práctica, y a considerarme como «muerto al pecado, pero
vivo para Dios en Cristo Jesús, Señor nuestro»
(Romanos 6:11). Con esta bendita verdad en mente, podemos pasar a ver
la verdadera respuesta, la respuesta escrituraria, a la
autoestima.
El
título de esta sección procede de un versículo
en Gálatas: «Con Cristo estoy juntamente crucificado, y
ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí; y lo que ahora vivo en
la carne, lo vivo en la fe del Hijo de Dios, el cual me amó y
se entregó a sí mismo por mí»
(Gálatas 2:20).
La
sabiduría de este mundo, como ya hemos visto, nos dice que
debemos desarrollar nuestras buenas cualidades, y hacernos
conscientes de nuestro potencial. Debemos darnos cuenta de que somos
personas valiosas, y de que tenemos una contribución que
hacer. Se nos dice que debemos tener fe en nosotros. Ya hemos
comentado que hay un cierto mérito en llevarnos a reconocer
aquellas capacidades que hemos recibido de Dios, pero si no se expone
y trata de manera explícita el factor del pecado, esta
enseñanza nunca resolverá el problema de la
autoestima.
La
ocupación con nuestro propio yo siempre acabará o bien
en orgullo o en abatimiento. Todo ha quedado manchado por el pecado,
y o bien nos hincharemos por lo que somos, o nos deprimiremos por lo
que no somos. Es indudable que en algunos casos esa enseñanza
desarrollará en alguna persona una cualidad o capacidad, de
modo que la gente dirá que funciona. Sin embargo, este enfoque
nunca puede llevarnos más allá del ámbito de
nosotros mismos. La base para la autoestima es sumamente
frágil y puede perderse con suma facilidad. El que se ocupa de
sí mismo nunca es verdaderamente feliz.
Lo que
necesitamos es dejar que Gálatas 2:20 se apodere de nuestras
almas. Necesitamos ser conscientes de qué significa ser
«crucificados con Cristo». El «yo» aquí es
lo que yo era antes de ser salvo, el «yo» que yo era como
hijo de Adán, y como miembro de una raza pecaminosa y
caída. Al poseer una nueva vida en Cristo, tengo derecho a
decir que el viejo «yo» ya no es más lo que yo
realmente soy. Ante Dios, estoy «en Cristo», y debo dejar
que la nueva vida que Cristo me ha dado sea el «yo» desde
ahora en adelante. Por cuanto ésta es realmente la vida en
Cristo, puedo decir con verdad que «vive Cristo en
mí».
Dios puso a
prueba al hombre a lo largo del Antiguo Testamento, y toda esta
prueba demostró sólo la total ruina del hombre en su
condición caída. Ahora Dios ha acabado con el
«primer hombre», y comienza de nuevo con Su Hombre, el
Señor Jesucristo. La maravillosa verdad es que cuando el
primer hombre (Adán, y en último término
nosotros) falló en todo lo que Dios le había
encomendado, Dios presentó a Su Hombre, el Señor
Jesucristo. Cristo fue fiel en cada una de las áreas en las
que había fracasado el primer hombre, y todos los
propósitos de Dios serán cumplidos en un hombre, Su
propio Hijo amado. Este es el significado del Salmo 8:4-5, que dice:
«¿Qué es el hombre, para que tengas de él
memoria, y el hijo del hombre, para que lo visites? Le has hecho poco
menor que los ángeles, y lo coronaste de gloria y de
honra.» ¡Con una maravillosa gracia, Dios ha querido
asociarnos a ti y a mi con Él, y nos ha dado nueva vida en
Él! En lugar de esperar algo de parte del hombre, Dios
está poniendo algo en él. ¡La respuesta de Dios no
es la autoestima, sino la «Cristo-estima»!
Leí una
historia hace algo de tiempo, que creo que ilustra muy bien este
extremo. Había una mujer joven que había tenido una
infancia y juventud muy dura. Algunos de vosotros tendréis una
experiencia de esto. Sus padres y otros le habían dicho
continuamente que no podía hacer nada a derechas; como
resultado, tuvo problemas graves cuando llegó a las primeras
etapas de la vida adulta. Para un observador casual, todo
parecía venirle de cara. Era atractiva, tenía buenas
capacidades naturales y era una verdadera cristiana, pero
sencillamente parecía no poderse quitar de la cabeza la idea
de que no valía para nada. Acudió a psiquiatras y a
toda especie de grupos de autoayuda, pero parecía que nada le
servía. Finalmente acudió a un cristiano que estaba
dispuesto a escuchar su historia y a tratar de ayudarla. Le
contó su situación, cómo parecía que
nunca podía hacer nada bien, y acabó diciendo:
«Sencillamente, tengo constantemente la sensación de que
no valgo nada.»
Después
de escucharla atento durante largo rato, la miró y le dijo con
voz suave y gentil: «Quizá es que no vale nada.»
Él se estaba refiriendo, naturalmente, a su naturaleza
pecaminosa, no a las capacidades de que Dios la había dotado.
Podréis imaginaros su reacción. Lo miró de hito
en hito con los ojos llameantes, y le dijo: «¡Nadie me ha
hablado nunca antes de esta manera! Mi psiquiatra me dice siempre que
soy una persona valiosa, que debo creer en mí misma, que
...» Entonces él la interrumpió con esta pregunta:
«¿Y ha funcionado?» «¡No!,» le repuso
ella, «¡pero no estoy dispuesta a desistir de mí
misma, todavía!»
Debemos estar
dispuestos a desistir de nosotros mismos en cuanto a nuestra
naturaleza pecaminosa, si ha de vivir Cristo en nosotros. Para ser
salvos, tuvimos que llegar a desistir de nosotros mismos, y tenemos
que hacernos conscientes de la ruina total del «viejo
hombre» si vamos a caminar como cristianos en el camino derecho.
En tanto que nos centremos en nosotros mismos, las cosas nunca
estarán bien. Dios quiere que nuestra nueva vida en Cristo
tenga una expresión práctica en nosotros.
Quizá
digamos: «¡Oh, lo he intentado, pero no me ha valido.
Sencillamente, parece que no me es posible!» Entonces somos como
el hombre de Romanos 7, que estaba intentando hacerlo con sus propias
fuerzas. Siempre habrá una lucha, y siempre perderemos hasta
que nos apropiemos de lo que Cristo ha hecho por nosotros en la cruz.
Así como tuvimos fe de que la sangre de Cristo fue suficiente
para quitar nuestros pecados, así debemos tener fe de que
nuestro «viejo hombre» fue crucificado con Cristo. En ambos
casos, la fe cuenta con la estimación por parte de Dios de la
obra acabada de Cristo. La fe cree aquello que, a la vista de Dios,
es un hecho ya consumado: que en la muerte de Cristo yo morí
al pecado. Entonces tengo poder para actuar sobre la base de Romanos
6:9, y me considero como muerto en la práctica. Entonces
adopto la perspectiva que Dios tiene de mí mismo, que el
«yo» real es ahora el nuevo hombre, la nueva vida que poseo
en Cristo.
Si tengo una
nueva vida en Cristo, ¿es posible que yo pueda fracasar en algo
que Dios dé al nuevo «yo» para llevarlo a cabo? No,
porque todos los recursos de Dios están a disposición
de quien esté andando por el camino de la obediencia, y
dejando que la nueva vida de Cristo se exprese. Esto parece algo
elemental, y sin embargo es algo asombroso. La nueva vida, que
siempre actúa para agradar a Dios, no puede fallar en nada de
lo que haga.
Pero el reto de
dejar que la nueva vida se exprese en nuestras vidas es probablemente
la mayor dificultad con que se encuentra cada cristiano. Lo mismo que
la joven a la que he hecho referencia, no estamos dispuestos a
desistir de nosotros mismos y a reconocer que nuestra naturaleza
pecaminosa no puede hacer nada para agradar a Dios. Queremos ser
más como Cristo. Hablamos acerca de ello, quizá
cantamos acerca de ello, pero la realidad subyacente es que nos
gustamos demasiado tal como somos. No es amor propio lo que
necesitamos, porque esto sólo me llevará a ocuparme con
lo que soy por naturaleza. El antídoto es estar ocupados con
Cristo y gozar de Su amor en nuestros corazones. Entonces mi
ocupación será con lo que Él es y no con lo que yo soy.
En la vida de
Gedeón vemos un ejemplo de aprender a apartar la mirada de uno
mismo para fijarla en el Señor. El Señor había
liberado a los hijos de Israel en manos de los madianitas debido a
sus pecados. Cuando el ángel del Señor acudió a
Gedeón y le dijo que el Señor iba a usarlo para liberar
a Israel, su respuesta fue: «Ah, Señor mío,
¿con qué salvaré yo a Israel? He aquí que
mi familia es pobre en Manasés, y yo el menor en la casa de mi
padre» (Jue. 6:15). Pero estaba dispuesto a ser obediente, y el
Señor le condujo gentilmente. Cuando todavía no
podía ser persuadido de ir adelante, el Señor le
respondió bondadosamente cuando puso el vellón de
prueba en dos ocasiones separadas. Luego, para mostrar que la
misión debía llevarse a cabo en Su poder, el
Señor redujo su ejército a sólo trescientos
hombres. Finalmente, mandó a Gedeón que de |