Iniciamos el pasado mes de mayo de 2005 con un pontificado romano recién estrenado, la gran noticia que ha copado prácticamente todos los medios de comunicación estas últimas semanas.
El mes de abril ha visto el fallecimiento de Juan Pablo II (en realidad Karol Wojtila), pontífice mediático por excelencia, gran figura de la pequeña pantalla y gran amigo de grandes paradas (perdónesenos el anglicismo), pero al mismo tiempo duramente censurado por la prensa "no oficia" y por los pensadores, que aún quedan, tanto católicos como acatólicos. Y no es para menos: frente a un mundo cambiante y angustiado, cada vez más alejado de los valores cristianos, el señor Woitila (o Juan Pablo II como se prefiera) solo ofrecía su visión tridentina y rabiosamente retrógrada, basada en una adhesión no disimulada a la secta católica conocida como Opus Dei y una obsesión mariana que, según ciertos estudiosos de la psique humana, suele conllevar en la mayoría de los casos cierta sublimación religiosa de problemas profundos de la personalidad.
Para qué hablar. Los hechos son elocuentes por sí mismos: el señor Wojtila deja un catolicismo de telediario, de grandes concentraciones ocasionales, de alta política siempre codeándose con los grandes de este mundo, pero al mismo tiempo de pérdida de valores en los países tradicionalmente fieles a Roma (como este en el que vivimos y nos movemos y somos), que parecerían más bien países ateos. Un catolicismo que se bate en retirada en América Latina ante el empuje de movimientos evangélicos y de otras tendencias. Un catolicismo de seminarios vacíos, de pérdida alarmante de vocaciones sacerdotales, de apoyo incondicional a regímenes y partidos políticos de una derecha recalcitrante y un catolicismo de una supuesta elevada moral clerical y celibataria teñida de escándalos.
Buena herencia para Benedicto XVI. Aún es muy pronto para emitir juicios sobre el pontificado de Josef Raízinger, el amigo de Juan Pabio II. Pero no lo es para emitir temores. Lejos queda ya el tan venteado espíritu del Concilio Vaticano II, que tal vez haya sido la última oportunidad histórica de la Iglesia de Roma para acceder al ideal evangélico puesto sobre el tapete por la Reforma. Demasiado lejos. Nada bueno presagia que el actual solio pontificio, que tanta importancia tiene para los católicos, esté ocupado hoy por un Benedicto XVI que hasta hace cuatro días ha ostentado el cargo de inquisidor General, solo que con otro nombre, por aquello de que hay que poner buena cara a los tiempos que corren.
Ningún creyente evangélico sincero, no de esos que "por quedar bien" se arrodillan "compungidos" ante sepulcros pontificios, tiene que llevarse a engaño acerca de lo que es y lo que representa la institución papal en la Historia Universal y en la Historia de la Salvación. Varios textos bien conocidos de la Biblia se le pueden aplicar como anillo al dedo, desde algunos que leemos en el libro de Daniel hasta otros que encontramos en el Apocalipsis, pasando por algún que otro versículo de 2 Tesalonicenses. El que tenga oídos para oír...
Con o sin romano pontífice, llámese Juan Pablo, Benedicto o como se quiera, el pueblo evangélico ha de seguir siendo un pueblo eminentemente protestante, es decir, ha de seguir protestando en nombre de Jesucristo por los errores y las desviaciones de nuestra sociedad actual. Ha de seguir protestando en nombre de Jesucristo para extender el Evangelio de Salvación a todos los hombres. Ha de seguir protestando en nombre de Jesucristo proclamando el juicio inminente que pende sobre la humanidad descarriada instándola al arrepentimiento y a la aceptación del único que Dios ha colocado como Fuente de Vida para nuestras almas.
Ojalá los católicos del mundo, con su pontífice al frente, lleguen un día al conocimiento salvador de Cristo. Ojalá los católicos de nuestro país y los de nuestra ciudad sean conscientes de su necesidad de una verdadera relación con el Señor sin ningún tipo de mediadores ni intermediarios de ninguna clase. Ojalá ellos también alcancen el conocimiento salvador que emana únicamente de la Palabra de Dios revelada en la Biblia.
Hace unos pocos meses escuchábamos la proclama emocionada de quien ante aquella inmensa muchedumbre reunida en la Plaza de San Pedro de Roma decía en un latín pronunciado a la italiana: HABEMUS PAPAM. Nuestra deseo y oración para todos ellos es que algún día cambien la última palabra y, juntamente con todos los verdaderos cristianos, los que adoramos al Señor en Espíritu y en Verdad, puedan decir: