Las grandes empresas industriales suelen tener empleados que solamente son necesarios en caso de ocurrir un desperfecto. Cuando algo va mal en la maquinaria, estos hombres se ponen en acción para localizar el defecto, lo reparan y la máquina vuelve a funcionar.
Para estos técnicos el trabajo rutinario no es de interés. Son especialistas en descubrir y reparar desperfectos.
En el Reino de Dios sucede también así. Dios tiene siempre especialistas cuyo principal objetivo ha sido y es reparar la catástrofe moral; el deterioro en la salud espiritual de las naciones o de la Iglesia. Hombres como Elias, Jeremías, Malaquías y otros de la misma talla han aparecido en momentos críticos de la historia para reprender y exhortar en nombre de Dios y de la Justicia.
Miles de ministros religiosos del tipo común, pastores, maestros, podían trabajar quietamente casi sin ser notados mientras la vida espiritual de Israel o de la Iglesia era normal. Pero en cuanto el pueblo de Dios se ha apartado de las sendas de la verdad, inmediatamente han aparecido los especialistas de Dios casi de la nada. Su instinto, capacitado para la dificultad, les trajo en ayuda del Señor y de Israel.
Tales hombres han sido drásticos, radicales, a veces casi violentos, y la muchedumbre de curiosos que les rodeaba pronto les tildaron de fanáticos, extremistas y negativos. Hasta cierto punto tenían razón. Eran hombres de mente sencilla, serenos, intrépidos, y éstas eran las cualidades que la ocasión demandaba. Chocaban con al gunos, ofendían a otros con sus palabras; pero ellos sabían Quién les había llamado y a qué eran enviados. Su ministerio era de emergencia, y este hecho les hacía diferentes, únicos.
Con tales hombres tiene la Iglesia una gran deuda imposible de pagar. La cosa curiosa es que no se les paga mientras viven pero la próxima generación adorna sus sepulcros y escribe sus biografías como para descargarse de un deber que la pasada generación olvidó.
Los que conocen a Leonardo Ravenhill reconocerán en él a uno de estos especialistas religiosos; a un hombre enviado por Dios, no para llevar a cabo la tarea normal de la Iglesia, sino para desafiar a los sacerdotes de Baal en la cumbre de su montaña eclesiástica, reprochar a los descuidados ministros del altar, afrontar a los falsos profetas y advertir al pueblo por ellos extraviado.
Tales hombres no son compañeros fáciles. El evangelista profesional que abandona rápidamente la reunión al terminar para correr a un lujoso restaurante con algunos admiradores a festejar el éxito de su elocuencia y contar divertidos chistes, encontrará una verdadera pesadilla en un tal servidor de Dios que no puede desligarse de su sagrado deber como quien da vuelta a una manivela. El hecho de que insista en mostrarse como un cristiano y servidor de Dios en todo tiempo le hace diferente.
Con Leonardo Ravenhill es imposible ser neutral. Sus conocidos se dividen netamente en dos clases: los que le aman y admiran hasta lo sumo, y los que le aborrecian con acentuado desprecio. Y lo que ocurre con la persona ocurre con sus libros, y particularmente con el que tienes en la mano. Sus lectores, o bien tienen que cerrarlo y¡ correr a un lugar de oración, o se sentirán impulsados a hacerlo pedazos, cerrando su corazón a sus llamamientos y advertencias.
No todos los libros, ni siquiera todos los libros buenos, vienen como una voz de lo Alto; pero yo siento que con éste es así. Lo es porque su autor reside en las alturas, y el espíritu del autor transpira por todas sus páginas.
A. W. Tozer
Ni erudición, ni pureza de expresión, ni profundidad mental; ni las flores de la elocuencia, ni la simpatía personal, pueden sustituir la falta de fuego del Espíritu. La oración asciende mediante este fuego. Su llama le da alas, energía y aceptación. No hay incienso sin fuego, ni oración sin llama.
E. M. Bounds
Levantad las manos caídas, mediante fe y oración; sostened las rodillas paralizadas. ¿Habéis tenido días de ayuno y oración? Inundad como tromba al Trono de la Gracia y permaneced allí, y descenderá la lluvia de misericordia.
Juan Wesley
Antes de que rompiera el gran despertamiento de Gall-neukirchen, Martin Boós pasó horas, días, y a menudo noches enteras, en solitaria agonía de intercesión. Cuando después se levantó a predicar, sus palabras eran como llama viva y los corazones de sus oyentes hierba seca.
D. M. McIntyre, D.D.
Cuántos cristianos hay que, no sabiendo orar a solas, se esfuerzan en hacer resoluciones de juntarse con algún círculo de oración, etc., a fin de cultivar el «santo arte de la intercesión», sin resultado alguno. Para ellos y para todos ha sido dicho que el único secreto de una verdadera vida de oración es: «Sed llenos del Espíritu», él cual es «Espíritu de gracia y de súplica».
Rvdo. J. Stuart Holden