Predicado en el Templo
Tremont, Boston, 25 de Febrero de 1897
"Necio, esta
noche vuelven a pedir tu alma." Lucas 12:20
OIGAMOS todos lo que el Salvador tiene
que decir. Esto está registrado en el capítulo 12 de Lucas,
versículo 16: "Y refirióles una parábola, diciendo: La
heredad de un hombre rico había llevado mucho; y él pensaba
dentro de sí, diciendo: ¿qué haré, porque no tengo donde
juntar mis frutos? Y dijo: Esto haré: derribaré mis alfolíes,
y los edificaré mayores, y allí juntaré todos mis frutos y mis
bienes; y diré a mi alma: Alma, muchos bienes tienes almacenados
para muchos años; repósate, come, bebe, huélgate. Y díjole
Dios: Necio, esta noche vuelven a pedir tu alma; y lo que has
prevenido, ¿de quién será? Así es el que hace para sí tesoro,
y no es rico en Dios."
Algunas personas piensan que fue rudo
que el Salvador llamara "necio" a un hombre. Cuando
alguien es llamado en la Biblia un necio, eso significa que éste
carece de discernimiento espiritual, o que él está viviendo sin
Dios, o que es un hombre que no toma en serio al pecado, o un
hombre que dice: "No hay Dios". Ahora bien, encontramos
que este hombre, en la vista de otros, era lo que llamaríamos
"un hombre muy exitoso". Usted podría llamarlo "un
hombre noble". No tengo duda alguna de que él se situaba
bien en la comunidad donde vivía. Lo situamos en el valle del
Jordán [como un caso imaginario pero que podría representar a
muchos caso verdaderos que se dieron allí]. Él quizás, tenía
una de las mejores haciendas que habían en el valle. Él vivía
en el más maravilloso día de la historia del mundo.
Nunca hubo antes que él justo un día
así, y desde entonces nunca lo ha habido. Imagino que Juan el
Bautista predicó cerca de su casa. Desde la puerta en el frente,
él podía ver el gran gentío agolpándose, día tras día,
afuera en el lugar desierto para oír a este maravilloso
predicador. O, Juan venía desde el desierto de Judea día tras día
a aquel valle, y podría haber sido que la hacienda de este
hombre estuviera tan cerca que él podía oír aquella voz cuando
salía de los labios de Juan de un extremo al otro del valle:
"Arrepentíos, que el reino de los cielos se ha acercado".
Podría haber sido que el Salvador, después que Juan fue
decapitado, predicara también allí, dentro de un cuarto de
milla de la hacienda de ese hombre.
Cuando él envió los Setenta, de dos en
dos, ellos podrían haber llegado al vecindario de ese hombre
para predicar; y no tengo duda alguna que él dijo, como muchísimos
hombres de negocios hoy: "No puedo ir a oír a ese
predicador, el negocio debe ser atendido. Debo cuidar mi hacienda.
Estoy acumulando riquezas para esta vida". No conozco de una
ocupación más honorable que la del granjero. El negocio de este
hombre era correcto en todo; no se puede encontrar ninguna falta
en éste. Ahora, hay algunas cosas que no fueron dichas. No se
nos ha dicho que él fuera un hombre deshonesto, o en apuros, o
que él acopiara reservas para especular, e hizo su dinero de esa
manera, o que él hiciera trampas a la viuda, o que quebró y pagó
"cincuenta centavos por dólar", o que rentaba su
propiedad para casas de prostitución o vinerías.
Me aventuro a decir que si usted hubiera
vivido cerca, habría encontrado todos sus vecinos hablando muy
favorablemente de él, y llamándolo "un muy astuto, muy
previsor y exitoso hombre de negocios." Él tenía buena
mercancía de Egipto, y alguna de Siria. Nadie encontraba defecto
con su mercancía. Él tenía el mejor ganado en el valle y nadie
tenía mejores caballos o mulas. Él tenía las mejores ovejas de
esa región. La hacienda estaba resguardada; todas las cercas
estaban bien; hermosos árboles para dar sombra; hermoso césped
en frente de la casa --todo muy prolijo y ordenado. Quizás
alguno de ustedes podría decir: "Ese hombre es bastante
bueno; déjenlo tranquilo". Me aventuro a decir que si
hubiera sido un ciudadano de Boston, lo habrían hecho un Anciano
o un Diácono.
Cuando se volvió un hombre exitoso, un
hombre próspero, tenía buenos antecedentes. Él no se
embriagaba. Su carácter se mantenía muy, muy alto. Su palabra
era tan buena como sus contratos. Todos los hombres que empleaba
hablaban bien de él. Ellos nunca pensaban en una huelga, porque
les caía bien. Usted no puede encontrar realmente nada contra el
carácter de este hombre, ¿podría hacerlo? Y sin embargo el
Salvador llama a ese hombre un NECIO. ¿Cuál es el problema? Me
parece que el problema era justo lo que sigue: Ese hombre trabajó,
y poseyó, y planeó. Desde la cuna hasta la tumba, ¡justo este
pequeño, corto, breve tiempo señalado de toda la vida reservada
para él! No sabía nada, o no le importaba nada, acerca de la
otra vida.
Él podía haber ido a la iglesia; podía
haber ido a Jerusalén a todas las fiestas religiosas; podía
haber pagado sus diezmos; podía haber sido un judío ortodoxo.
Él observaba todas las formas externas, porque eso le daría
respetabilidad, y dignidad, y posición. Y sin embargo, con todo
eso, el Salvador dice que era un NECIO. Hay un pasaje en alguna
parte en la Biblia que dice, "lo que es altamente estimado
para el hombre es una abominación a Dios". Dios mira las
cosas de manera diferente que el hombre. Me parece mejor que un
hombre nunca hubiese nacido que vivir y morir por este mundo, y
no pensar en la vida venidera. Imagino a este hombre en su salón
una noche. Hizo venir un constructor experto con algunos planes.
Él va a derribar sus antiguos graneros y los construirá más
grandes.
¡Bueno, eso no es dañino! Es mucho
mejor levantar nuevos graneros que beberse los antiguos. Si él
hubiese sido un borracho, se habría bebido todos los edificios.
¡Oh, cómo ilumina él! Él habla de la mejor hacienda en el
valle. He visto estancieros semejantes cuando planificaban hacia
dos años futuros. Ellos querían tener graneros mejores que
cualquiera en el pueblo. Este hombre va a tener el mejor granero
en todo el valle del Jordán. Su esposa dice, "iré a la
cama; todos los niños ya han ido". Pero él queda despierto
hasta la medianoche, preparando planes, y dice a su alma: 'Alma,
repósate'. El viejo reloj señala la última hora del día; y el
constructor dice: "debo ir; mi esposa me está esperando".
Él desea al hacendado Simeón "Buenas noches", y se va.
Pero Simeón ha quedado tan excitado por el granero que no puede
dormir.
Él va a quedar despierto más tiempo.
Es la una, todas las puertas están cerradas, las persianas
aseguradas, todo tranquilo y silencioso. No se escucha el sonido
de pie alguno, pero un extraño hace su aparición, y Simeón
levanta la vista, y dice, "¡Oh muerte! No has venido a
llamarme así repentinamente, ¿no?"
"Sí, esta noche tu alma debe serte
pedida."
"¡Oh Muerte! ¡No me tomes tan
repentinamente; permíteme tener un poco de tiempo para
prepararme, para poner mi casa en orden, para prepararme para
encontrar a mi Dios!"
"Oh, pero tú has tenido todos los
años, todo el tiempo; tu tiempo se acabó. ¡Debes irte esta
noche!"
"¡Oh Muerte! ¡Detén tu mano,
dame un año!" "No; tú no puedes sobornarme",
dice la Muerte. "Pero nunca me advertiste".
"Sí: tu padre ha partido, y él
murió más joven que tú. Tu madre ha partido; ¿no te advertí
cuando tomé tu primogénito? Y la última semana asististe al
funeral de tu vecino, tu vecino de al lado; has estado en casi
todas las casas de alrededor asistiendo a funerales por los últimos
veinticinco años. Yo no debería ser un extraño para tí. Sabías
que estaba viniendo, pero no me tuviste en cuenta."
"Oh, permíteme llamar a mi familia,
y darles el adiós."
"¡No! ¡Debo llevarte ahora!"
Y la Muerte pone su mano sobre el
hacendado; y, ¡he aquí! su corazón deja de latir, y en muy
poco tiempo su cuerpo se vuelve frío. Su cabeza está caída
sobre su pecho, mientras está sentado en su silla. Su esposa, ni
nadie de la familia oye un sonido.
La muerte ha llegado tan calladamente
que nadie de la familia oyó su paso. La mañana comienza, y los
sirvientas comienzan a moverse alrededor. El sirviente cuya función
era mantener la casa en orden llega al salón, y abre la puerta;
ve a su amo como dormido, y dice: "No le despertaré."
Pero pronto la esposa se despierta.
"¿Dónde está mi esposo? Quizás
tuvo algún problema con su corazón." La esposa está
alarmada. Se viste apresuradamente y llama a los sirvientes.
"¿Has visto al amo?" "¡No!" Ella no llamó
al sirviente apropiado. Llama a otro. Mientras ella se sigue
vistiendo, el sirviente que había ido al salón entra, y dice:
"Sí, el amo está dormido. Se quedó dormido en su silla la
última noche." La esposa se sobresalta por la inquietud;
ella teme que eso pueda ser otra cosa que dormir, y se apresura
hasta el salón, y pone la mano en su frente--¡está fría como
mármol! ¡Él ha partido hace horas!
La alarma se extiende pronto por la casa.
Los niños llegan llorando. Pronto los vecinos lo oyen. En aquel
caluroso país no podían mantener mucho tiempo su cuerpo. ¡Ese
día es enterrado! Lo ponen afuera en su tumba. Hay un funeral;
quizás se entrega una oración. Se lo destaca como una especie
de faro para guiar a los jóvenes por los caminos del hombre cuya
vida había sido tan exitosa. Puede ser que construyeran un gran
monumento en su memoria. Puede ser que allí hubiera un gran
proceso judicial y que los abogados tomaran todo lo que él había
"almacenado". Eso es comúnmente lo que sucede en
nuestros días. Y el Ángel desciende y escribe sobre el
monumento: "¡NECIO!" Mis amigos, si ustedes fueran a
los cementerios, y miraran en las lápidas, y pudieran ver lo que
Dios ha escrito sobre ellos, cuantas veces podrían ver la
palabra, "NECIO". "NECIO".
¡Pueda Dios despertarnos hoy, para que
podamos ser más sabios que ese hombre; para que podamos planear
un poco más adelante que sólo desde la cuna hasta la tumba!
Este es un viaje muy corto. Pronto acabará. Y me compadezco,
profundamente en mi corazón, por cualquier hombre o mujer que
está viviendo sólo para este corto, breve tiempo, y generando
su ruina total. Ahora, quiero llamar su atención al error que
este hombre cometió. Digamos que el descuidó la salvación de
su alma. ¿Sabe usted que las mayores calamidades de la vida nos
sobrevienen por negligencia? Un hombre exclama "¿Qué he
hecho?" ¿Suponiendo que no haya hecho otra cosa más que
descuidar la salvación de su alma? Unas pocas semanas antes del
incendio de Chicago fui a ver a un doctor por un pequeño niño
que se me dijo iba a perder su vista. La madre entró con el
hermoso bebé, y dijo: "Doctor, mi niño no ha abierto sus
ojos durante días. ¿Verá cuál es el problema con esto?"
Y el doctor puso un poco de ungüento
sobre los párpados, y al poco tiempo dijo: "¡Su hijo está
ciego! No ha visto durante tres días; nunca volverá a ver."
Cuando esa verdad se reveló a la madre, surgió de pronto un
sollozo del corazón de la madre que hizo que el doctor y yo lloráramos.
Ella no podía ayudarlo. Apretó al niño sobre su pecho. "¡Oh,
mi querido! ¡No podrás ver nunca más a la madre que te hizo
nacer!" Y el doctor me dijo que si la madre le hubiese
llevado al niño unos pocos días antes, podría haberse salvado.
La madre había descuidado al niño hasta que su vista se perdió.
No hay una madre aquí hoy cuyo corazón no se compadezca por
aquella otra madre. Todas dicen: "¡Oh, cuánto la
compadezco!" Pero es mil veces peor descuidar el alma de su
niño...¡el alma, el alma! Y eso es lo que este próspero hombre
hizo. Él cuidó bien su cuerpo, lo vistió, almacenó mucho para
éste, y dijo, "¡Alma, alma, repósate!" Pero descuidó
sus intereses eternos y arruinó su vida. Y hay muchísimas de
esas vidas arruinadas.
Usted sabe que perdimos algunas batallas
en la Guerra Civil porque los centinelas se descuidaron en dar
aviso. ¡Eso fue todo! Un hombre en el ejército puede ser
juzgado y fusilado si descuida su puesto, si descuida su deber.
Me parece, que no hay mayor descuido que este descuido de nuestro
bienestar eterno. Descuide su salud, y pronto decaerá. Descuide
sus negocios y pronto se arruinará. ¿Puede usted permitirse
descuidar su alma, su ALMA? Y, usted ve, ese es el pecado de
miles en Boston actualmente. ¿No es ese el pecado de cientos en
este recinto hoy? ¡Éstos están descuidando la salvación de
sus almas!
Se cuenta la historia de un indio en el
Río Niágara. El remo estaba dentro de su canoa. Él estaba
dormido, quizás soñando con hermosos campos de caza, o con su
tienda, cuando, de repente, oyó las aguas tronando sobre el Niágara;
pero estaba en su sueño. Habían tratado de despertarlo desde la
costa, pero fallaron. Pronto la poderosa catarata lo despertó.
Se levantó de golpe y en un instante entendió la situación, el
terrible peligro. Tomó un remo y lo empleó con desesperada
energía contra la corriente. Fue muy tarde. Hubo un momento
cuando él podía haber remado contra la corriente y así
salvarse; pero él durmió hasta que las precipitadas aguas lo
habían llevado al borde de la catarata; ¡luego de una pausa de
un segundo en el borde, y con un pavoroso grito, el indio siguió
hacia las profundidades de la muerte! ¿No es esa una descripción
de muchos dormidos, amodorrados, mientras la corriente los lleva
más y más adelante?
Muchos en esta audiencia están pasando
sus últimos años sobre la tierra. Este es el año1897, y hay
muchos en esta audiencia a quienes podría ser dicho en pocos días,
"¡Vuelven a pedir tu alma ahora!" Algunos de nosotros
estamos pasando nuestro último mes, algunos el último año, y
algunos los últimos cinco años sobre la tierra. Estuve pensando,
cuando estaba considerando el asunto hoy, de mi propio pueblo.
Regresé a la vida de allí de hace veinte años, y mi mente
recorrió a lo largo de una calle, y encontré que la Muerte había
estado en cada casa en los veinte años. Y no había ninguna
calle donde la Muerte no hubiera entrado. Entró en mi propia
casa, y también en las casas de mis vecinos, de un extremo al
otro de esa calle. ¿A cuántos de esos hogares ha entrado la
Muerte en los últimos cinco, diez, quince, veinte años? Difícilmente
una familia representada por esta congregación no haya sido
visitada por la Muerte en veinte años.
¿Dónde estará esta audiencia veinte años
más tarde? Ahora, ¿no sería mejor prepararse? ¿Qué va a
aliviar un lecho de muerte? Dos hombres de negocios estaban
discutiendo esta cuestión. Uno de ellos era un incrédulo; el
otro dirijiéndose a él dijo: "¿Cómo es para ti; que va a
aliviar tu lecho de muerte; tu incredulidad?"
"No", dijo el otro, "eso
no lo hará". He hablado con un hombre la noche anterior, un
hombre mayor que yo, y le pregunté si era un cristiano. Él
respondió: "Soy un incrédulo". Le dije: "¿Qué
te dará tu incredulidad?" "Nada". "¿Qué
esperas para el futuro?" "Nada." "¿Vivir por
nada?" Entonces me fui de este salón, agradeciendo a Dios
que no soy un incrédulo. Gracias a Dios he obtenido algo mejor
que la incredulidad. No pienso que la incredulidad vaya a hacer
esa hora de la muerte más dulce. ¿Usted no?
Otro hombre dijo: "¡La cultura! ¡La
cultura hará esto!" Y eso fue discutido, y pregunté:
"¿Qué puede hacer la cultura en la hora de la muerte? La
cultura puede estar muy bien en su lugar; pero cuando usted
desciende a la majestuosidad del Jordán, ¿qué puede hacer la
cultura? ¿Qué pueden hacer el arte y la educación? ¿Qué otra
cosa puede servir en la hora de la muerte?" (Una voz desde
la audiencia: "¡Una buena esperanza en el Señor Jesucristo!")
No hay otra cosa. Y si ustedes sólo se detienen a pensar, todos
dirán; "Así es". La incredulidad me quita todo. Mi
amigo, quiero decirle que usted puede ser un exitoso hombre de
negocios, pero si eso es todo, no tiene mucho a que aferrarse.
Debe dejar todo eso. Ser la cabeza del mundo comercial en Boston
o en algún otro lugar no le ayudará.
Recuerdo a los principales comerciantes
de Boston cuando vine aquí como un muchacho, y cómo
acostumbraba levantar la vista hacia ellos. Yo adoraba al Éxito
en aquellos días. Uno de ellos, me atrevo a decir que si
mencionara su nombre, habría un centenar en este salón que lo
recordaría. Él ganó en la vida; ¿ganó él para la eternidad?
Pero todos ellos han partido hace cuarenta años. Cuarenta años
después de ahora vendrá otra audiencia, y si un hombre ha
vivido toda su vida sólo para este mundo, su nombre habrá sido
olvidado, a cuarenta años de ahora. ¿No es así? Oh, cómo
deseo que podamos tener hoy nuestros ojos abiertos para ver algo
más que el éxito, el honor, y la fama mundanos. Me compadezco
del hombre que tiene todo su pensamiento centrado en esta vida.
Quiera Dios que podamos tener una elevación espiritual.
No sé quien es el autor de estas
palabras, pero quiero leerlas a ustedes: "El alma dijo al
cuerpo: 'Nosotros seguramente debemos partir, y ahora analicemos
juntos.' 'Analicemos hermana', dijo el cuerpo. 'Tú', dijo el
alma, 'has sido activo en trabajos y afanes, temprano y tarde, y
reuniste mucho oro. ¿Guardarás esto para ti o me lo darás a mí?
¿Quién va a llevar esto? Llévalo a tu tumba, y algún ladrón
lo sacará antes de que caiga la nieve.' '¡Ay!' dijo el cuerpo,
'¿cómo puedo tomarlo entre la oscuridad y el polvo y la
corrupción de la muerte? ¿De qué me servirá allí?' 'No',
dijo el alma, '¿pero cómo puedo yo llevarlo donde la tierra y
las cosas terrenales no pueden entrar? Y, después de todo, éste
no es más que tierra amarilla.' 'Y, en breve, éste no será ni
mío ni tuyo', dijo el cuerpo, con pesar. 'Nuestro análisis no
ha acabado', dijo el alma. '¿Cómo vamos a encontrarnos de nuevo,
si fuéramos a encontrarnos de nuevo? ¿Será en dolor o en alegría?
Tú nunca me has permitido mirar hacia el cielo, sino que me
robaste mi libertad y usaste todos mis poderes para ayudarte a
obtener el oro' '¡Ay!' dijo el cuerpo, 'tú me tentaste, y ahora
me reprochas.' '¿Qué, y si nos encontráramos, como compañeros
del tormento, asociados para la miseria eterna?' dijo el alma. 'Yo
estoy manchado como tú, y nunca te preocupaste por nuestra
purificación. No tengo derecho al Cielo, igual que tú, y tú
nunca te preocupaste para entrar en éste. Así, entonces, este
oro será nuestro acusador y burlador en la eternidad, y yo te
reprocharé para siempre por haberme destruido al obtenerlo.'
"
Ahora, tornemos estos pensamientos sobre
nosotros mismos. ¿Para qué estás viviendo? ¿Cuál es tu meta?
¿Es obtener ganancias? ¿Comprar y vender? ¿Morir millonario?
Estuve hace un tiempo atrás con un hombre con ciertos recursos,
que se casó con una mujer cristiana. Ellos habían tenido un
hijo que murió. Él había sido un hombre muy trabajador. Él
murió. Cuando falleció, la viuda buscó todo el dinero, y dijo:
"Mi ambición es ahora que mi único hijo sea millonario
cuando llegue a los veintiuno." Esa es una meta muy baja, ¿no
es así? ¡Y aquélla era una profesante cristiana! ¡Quiere que
su muchacho sea un millonario a los veintiuno! Ese es el hombre
rico quien, en el día del Salvador, fue llamado, NECIO. "Hoy
vuelven a pedir tu alma".
Ahora, apartándonos de este tema,
quiero pedir a esta congregación que haga algo que pienso es
perfectamente correcto. Hay un lugar en los Salmos donde se dice:
"Pagaré mis votos a Jehová delante de todo su pueblo."
Nosotros deberíamos tener un gran tiempo aquí esta tarde si
cada hombre y mujer en este recinto "pagara sus votos".
Me aventuro a decir que no hay una persona en este lugar que no
esté viviendo bajo algún voto quebrantado.
Hay cierta hora en su vida cuando usted
hizo un voto que no ha guardado. No puedo decirle cuando; pero
ahora, mientras estoy hablando, su propia conciencia se lo dice--su
mente se transporta al pasado a aquella hora cuando hizo una
promesa. Podría haber sido a la medianoche, cuando se escuchó
un golpeteo en su puerta, y usted se despertó de un profundo sueño
y se le dijo que su madre estaba muriendo. Usted se apresuró en
ir a verla; ella estaba consciente, y habló con usted, y tomando
su mano, usted le prometió que la encontraría en el cielo.
Usted derramó algunas lágrimas en la tumba. Dijo a los
ministros que oficiaron que sería un cristiano. ¿Estoy hablando
ahora a muchos en este recinto que han hecho un voto similar?
Cuando su esposa le fue quitada a usted, ¿no dijo: "No
puedo hacerla regresar, pero yo serviré a su Dios"? Cuando
su hijo le fue arrebatado, ¿no hizo usted algún voto de esa
clase?
¿Sabe usted?, la vida me parece ahora
como subir una colina y luego bajar; usted sube la colina
lentamente y desciende rápidamente. Los días pasan ahora como
horas. Una semana se desliza como un día. Los meses parecen
semanas. Me parece un corto tiempo desde que vine a Boston. Me
gustaría llevar conmigo a toda esta audiencia y hacerles
imaginar a ustedes que están subiendo esta colina; algunos de
ustedes están en la cima, en el apogeo de la vida, y permanecen
en la cumbre de la colina. Sólo hagan una pausa conmigo, y miren
a la cuna desde donde ustedes comenzaron.
Recuerde cuando usted comenzó; es sólo
un corto tiempo atrás; y cuando mira colina abajo usted ve una lápida.
Ésta señala el lugar de descanso de algunos miembros de su
familia. Usted estuvo una vez parado cerca de esa tumba abierta y
realizó votos. Y se prometió a sí mismo y a amigos que llevaría
una vida diferente desde ese día en adelante. ¿Porqué no pagar
sus votos en la presencia de esta congregación? Porqué no decir
ahora: "¡Lo haré! Con Dios ayudándome, mantendré ese
voto; haré bien esto hoy." Pero usted nota otra tumba. No
es la de su madre ni la de su padre, sino una estrecha y corta
tumba. Un niño pequeño llegó a su vida y era el sol de su
hogar, y como la enredadera enrollada alrededor del roble, ésta
se trenzó en su corazón; y entonces vino la muerte y tomó al
niño. ¿No hizo usted promesas?
Recuerdo la primera vez que fui llamado
para hablar fuera de Chicago. Fui invitado a ir a Indiana. Un
caballero me encontró en la estación. Me llevó hasta su casa.
Ese era un día de verano muy caluroso. Las persianas estaban
cerradas para mantener fuera las moscas y el calor. Él dijo que
su esposa estaba ocupada preparando algo para agasajar a algunos
amigos; y que él quería ser excusado. Él me dejó en esa
oscura habitación. Yo no podía leer, y me puse muy inquieto.
Pensaba si él tenía algunos niños, yo salí bajo los árboles,
y entonces le pregunté: "¿Tiene usted algunos hijos?"
Él dijo: "Sí, tengo una"; y luego dudó, y continuó,
"ella no está aquí, mi única hija está en el cielo.
Estoy contento de que esté allí." "¿Está contento
de que su única hija se haya ido?", exclamé. "Sí",
dijo él; pero hubo un tiempo cuando yo no podía decir eso".
"¿Había algo malo con su niña? ¿Estaba sana y bien
mientras vivía?" "Sí".
Y él tomó un antiguo daguerrotipo, [una
especie de fotografía], y la niña lucía tan bella como
cualquier niña que yo hubiera visto alguna vez. Pasándome el
retrato él dijo: "Esta es una correcta representación de
mi hija". "¿Qué edad tenía cuando fue llevada? ¿Podría
decirme?" Él respondió: "Sr. Moody, cuando esa niña
vivía yo la adoraba; ella era el ídolo de mi corazón. Yo nunca
fui a la iglesia. Yo no podía haber tenido ningún pensamiento
serio acerca del estado futuro. Cada noche podía salir de mi
trabajo, iba a cabalgar con ella, o a caminar con ella. Mi vida
se centraba en esa niña; era el ídolo de mi corazón. "Un
día volví a casa y ella estaba enferma, no presté atención a
esto. Oh, señor, en unos pocos días había partido. Ella se
derritió como un copo de nieve. Y acusé a Dios de ser injusto.
Yo habría sacado a Dios de su trono. Por tres días y noches
estuve sin dormir. Rehusé comer, beber o dormir. La enterré. Y
cuando volvía a casa, mi hogar y mi corazón estaban tan oscuros
como la tumba. Yo había perdido mi niña. ¿Sabe cuán desolado
está el hogar cuando algunos miembros de éste han partido?"
Mientras caminaba en su cuarto de un
lado al otro, él me dijo que había oído una voz, y creyó que
era su niña llamándole. "Pero no, esa voz había sido
silenciada en la muerte", dijo él, "y no podía oírla
nunca". Entonces pensó que oyó pasos viniendo; y murmuró,:
"No, nunca oiré el sonido de sus pasos otra vez."
Hasta ese momento, él me dijo, no había llorado. Su agonía había
sido tan grande que no podía llorar. Entonces cedió. Y, dijo:
"Supongo que fue un sueño, pero siempre me pareció como
una visión que Dios me había dado; una visión del cielo.
Estaba dormido en mi cama, y soñé que estaba cruzando un campo,
abandonado, desértico y triste. Llegué hasta un río. Éste lucía
tan oscuro, tan frío y tan triste que me retiré de la orilla.
Justo al otro lado del río, vi la más hermosa tierra sobre la
que mis ojos alguna vez hubieran descansado. Permanecí allí,
contemplando esa tierra, y dije: '¡Oh, cuán hermosa y clara!'
Pensé que la enfermedad y la muerte
nunca entraron en esa tierra. Me gustaría estar en una tierra
donde la Muerte no pudiera llegar, donde no hubiera separación y
donde el partir fuera desconocido. Mientras permanezco allí,
contemplando esa tierra de ensueño, veo seres, todos de
apariencia tan joven y tan feliz. Cuando los contemplaba, fue mi
gozo y delicia ver entre ese número a mi propia niña querida, y
ella vino corriendo y agitando su pequeña mano, y dijo: '¡Papá!
Ven directamente por este camino. ¡Es hermoso aquí!'
Entonces bajé a la orilla, y pensé en
zambullirme en ese río. Traté de encontrar un puente, pero no
había ninguno a la vista. Caminé de un extremo a otro de la
orilla, pero no pude encontrar un barquero. Finalmente una voz
vino a mí por sobre el agua: '¡Papá, ven directamente por este
camino; es hermoso aquí!'
Mientras estaba caminado de un extremo
al otro de la orilla, oí otra Voz diciendo: 'Yo soy el camino, y
la verdad, y la vida: nadie viene al Padre, sino por mí.' La Voz
me despertó de mi sueño.
Me desperté esa noche e hice mi primera
oración, y exclamé a Dios que me perdonara y me salvara. Y Dios
me salvó esa noche. Yo no veo más a mi niña como perdida, sino
como viviendo en la gloria, y cada día puedo verla llamándome e
invitándome hacia el cielo. Mi vida ha sido muy exitosa. He sido
Superintendente de la Escuela Dominical durante ocho años.
Cientos se han convertido en esa Escuela Dominical, y nosotros lo
hemos hecho venir a usted y esperamos que habrá algún fruto."
¿Estoy hablando a madres, hoy aquí,
cuyos hijos han partido? Si aquellos niños pudieran volver de
aquel mundo de luz, dirían: "¡Madre! ¡Ven por este camino!"
¿No estoy hablando a padres, hoy aquí, cuyos niños han cruzado
el río? No creo que haya un hombre o mujer en el Templo Tremont
que no tenga alguno - podría ser una madre santificada ida. ¿No
está ella llamándolos lejos de este mundo de pecado, aflicción,
desgracia y miseria? Nosotros hemos tenido un Hermano Mayor. Hace
mil novecientos años, el Hijo de Dios cruzó el río. ¡Pueda
Dios ayudarlo a acudir a Él hoy!