Sobre guerra espiritual: ¿NOMBRES DE DEMONIOS?

Por Mariana L. Caetano

El motivo por el cual escribo este artículo es para profundizar un poco más en un tema que lleva de cabeza a la iglesia de Cristo de la actualidad, y Biblia en mano analizar desde el punto de vista de la Palabra de Dios ciertas prácticas que se están dando entre los hermanos de nuestras congregaciones.

Estamos enfrascados, queramos o no, en una continua guerra espiritual con lo que el apóstol Pablo llama “principados y potestades”. Véase Efesios 6.12:

Porque no tenemos lucha contra sangre y carne, sino contra principados, contra potestades, contra los gobernadores de las tinieblas de este siglo, contra huestes espirituales de maldad en las regiones celestes”.

LUCHA… ésa es la palabra clave. Tanto en ése pasaje como en otros a lo largo del Nuevo Testamento, se nos da a entender que, efectivamente, el hecho de pertenecer a la Iglesia de Cristo nos constituye enemigos del diablo, y como consecuencia nos introduce en una guerra espiritual de la cual no tenemos descanso.

Éste es un punto claro para los cristianos, ahora, dentro de esa guerra espiritual, existen prácticas que se llevan a cabo por miembros del cuerpo de Cristo las cuales nuestro Señor nunca nos ordenó hacer, que es en lo que nos vamos a centrar.

Se ha puesto de “moda” en estos últimos años el intentar “descubrir”, como parte de la guerra espiritual, y por medio de la oración, el nombre del demonio contra el que estamos luchando en ese momento. Para defender esta doctrina, los que la practican, entre otros, utilizan un pasaje clave de la Palabra de Dios:

Y arribaron a la tierra de los gadarenos, que está en la ribera opuesta a Galilea. Al llegar él (Jesús) a tierra, vino a su encuentro un hombre de la ciudad, endemoniado desde hacía mucho tiempo; y no vestía ropa, ni moraba en casa, sino en los sepulcros. Este, al ver a Jesús, lanzó un gran grito, y postrándose a sus pies exclamó a gran voz: ¿Qué tienes conmigo, Jesús, Hijo del Dios Altísimo? Te ruego que no me atormentes. (Porque mandaba al espíritu inmundo que saliese del hombre, pues hacía mucho tiempo que se había apoderado de él; y le ataban con cadenas y grillos, pero rompiendo las cadenas, era impelido por el demonio a los desiertos.)Y le preguntó Jesús, diciendo: ¿Cómo te llamas? Y él dijo: Legión. Porque muchos demonios habían entrado en él.” Lucas 8. 26-30

Jesús, al llegar a la tierra de los gadarenos, se encontró con un endemoniado, que, con sólo verle, lanzó un grito, a consecuencia de la manifestación de los demonios que había en él. Antes de expulsarlos del cuerpo del hombre, Jesús les hizo una pregunta: ¿Cómo te llamas?, pero, ¿por qué preguntó Cristo tal cosa?

Tal y como algunos afirman, Jesús tomó esa actitud porque, para que un demonio pueda ser expulsado de una persona o territorio, y tenga lugar una auténtica liberación, debemos decir exactamente cuál es su nombre.

Pero, ¿hay suficiente apoyo bíblico para esta afirmación? La respuesta es: no.

La definición según el diccionario de la Real Academia Española de la palabra “legión” es “Número indeterminado y copioso de personas, de espíritus, y aun de ciertos animales.”

Cuando expulsó a los demonios, Jesús estaba rodeado de personas que le vieron hacer el milagro (estas mismas le rogaron después que no volviera a la ciudad, como dicen los versículos 34 al 37). La razón por la cual Él hizo esa pregunta, era para que se supiera CUÁNTOS DEMONIOS habitaban en ese individuo, no para saber cómo se llamaban. Legión indica CANTIDAD, NO ES UN NOMBRE PROPIO.

El hecho de que la gente de ese pueblo viera que Jesús tenía autoridad sobre un número indeterminado de espíritus malignos, les demostraba la soberanía de Cristo sobre las criaturas, tanto físicas como espirituales. Por eso Jesús obró ese milagro delante de ellos. Dios no necesitaba saber el nombre de ningún demonio para poder expulsarlo, y nosotros tampoco.

Pero antes de continuar, veamos una definición muy importante:

Doctrina: “Conjunto de leyes y normas relativas a una creencia religiosa emitidas por los doctores de la ley. Ej: la doctrina cristiana enseña a los creyentes cuál es la voluntad de Dios y las normas a seguir por el cristianismo.”

El hecho de afirmar que los cristianos tenemos que pedir a Dios que nos revele el nombre del demonio contra el que estamos peleando para poder tener una victoria satisfactoria en la guerra espiritual, es establecer una doctrina, ya que se trata de una ENSEÑANZA la cual los creyentes estamos obligados a seguir como norma. Pero como todos sabemos, y esto es algo que se aprende sobre todo en los seminarios de teología, donde estudian los que algún día desean ser pastores o ministros de la Palabra, ES UN GRAVE ERROR ESTABLECER UNA DOCTRINA CON UN PASAJE HISTÓRICO DE LA BIBLIA. Lucas 8 cuenta algo que OCURRIÓ en la vida de Jesús, no una enseñanza doctrinal. La única doctrina que hay en los evangelios está en las ENSEÑANZAS de Jesús. Si no fuese así, entonces, para sanar a un ciego por ejemplo, nosotros también tendríamos que escupir en la tierra e impregnarle los ojos de barro como rito obligatorio para su sanidad.

Veamos cómo están divididos los libros de la Biblia:

Pentateuco: Génesis, Éxodo, Levítico, Números y Deuteronomio.

LIBROS HISTÓRICOS: Josué, jueces, Rut, 1ª y 2ª de Samuel, 1ª y 2ª de Reyes, 1ª y 2ª de Crónicas, Esdras, Nehemías y Ester.

Libros poéticos: Job, Salmos, Proverbios, Eclesiastés y Cantares.

Profetas Mayores: Isaías, Jeremías, Lamentaciones, Ezequiel y Daniel.

Profetas Menores: Oseas, Joel, Amós, Abdías, Jonás, Miqueas, Nahum, Habacuc, Sofonías, Hageo, Zacarías y Malaquías.

Evangelios: Mateo, Marcos, Lucas y Juan.

Hechos de los apóstoles.

Cartas Paulinas (de Pablo): Romanos, 1ª y 2ª de Corintios, Gálatas, Efesios, Filipenses, Colosenses, 1ª y 2ª de Tesalonicenses, 1ª y 2ª de Timoteo, Tito, Filemón.

Cartas generales: Hebreos, Santiago, 1ª y 2ª de Pedro, 1ª, 2ª y 3ª de Juan, Judas.

Apocalipsis.

¿Por qué se dividió la Biblia de esta forma? La respuesta es clara: Para que pudiéramos discernir cuáles libros estaban escritos para establecer doctrina y cuáles eran solamente para informarnos (narración) de la historia de Israel, para poder comprender el plan divino de Dios de la venida del Mesías a lo largo de las Sagradas Escrituras. No quiero decir con esto que un predicador no pueda utilizar un pasaje de Josué o Ester para un sermón, ya que podemos APRENDER de la vida de estos siervos de Dios de manera devocional, pero NUNCA se podrá establecer doctrina con esos pasajes.

Además, no hay ni un solo pasaje bíblico, ni en el Antiguo ni en el Nuevo Testamento, que diga que debemos descubrir el nombre de los demonios para poder echarlos.El único nombre que debemos pronunciar es el nombre de JESÚS. De hecho, los apóstoles jamás practicaron esto, porque, si lo hubieran hecho, lo habrían nombrado en alguna de sus cartas a las iglesias, ya que fueron ellos los comisionados por Cristo para establecer la doctrina sobre la cual se fundamentaría la fe cristiana:

Y yo también te digo, que tú eres Pedro, y sobre esta roca edificaré mi iglesia; y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella.” Mateo 16.18 (hace falta aclarar que cuando dijo “sobre esta roca edificaré mi iglesia” no se refería a Pedro, sino a la confesión del versículo 16, cabe destacar que en el fundamento del cristianismo, Cristo es la piedra angular, y los apostoles y profetas son el fundamento de la Iglesia, por la doctrina que ellos hablaban, contenida en el Nuevo Testamento).

Además hay que apuntar también una curiosidad: Ni Cristo ni los apóstoles tenían ningún tipo de dificultad a la hora de expulsar demonios, solamente con ordenar que se fueran ya era suficiente. Sin embargo hoy en día, nuestros grandes “maestros de la guerra espiritual”, tienen que hacer cierta clase de “ritos” para que esos demonios salgan, como echar aceite y vino sobre la tierra, descubrir cómo se llaman, o hacer ciertos rituales utilizando hasta aviones para sobrevolar un territorio. Y lo más gracioso es que tardan días, e incluso meses en echar (supuestamente) esos demonios. ¿No se supone que el mismo nombre que tenían los apóstoles para echar demonios es el que tenemos nosotros, JESÚS? ¿Por qué ese nombre era tan efectivo para ellos y tan poco para nosotros? ¿No será que estamos enfocando la guerra espiritual de una manera equivocada, y “no recibimos porque pedimos mal”? (Santiago 4.3)

Otro punto muy importante a tratar está también relacionado con esto, y es el de confundir los pecados o defectos humanos con demonios. ¿Alguna vez has oído en una sesión de liberación expulsar a un “espíritu de ira” o “espíritu de adulterio”? ¡incluso se ha llegado a hablar del “espíritu de temor al público (timidez)”! Veamos sin embargo lo que dice la Escritura al respecto:

Digo, pues: Andad en el Espíritu, y no satisfagáis los deseos de la carne. Porque el deseo de la carne es contra el Espíritu, y el del Espíritu es contra la carne; y éstos se oponen entre sí, para que no hagáis lo que quisiereis. Pero si sois guiados por el Espíritu, no estáis bajo la ley. Y manifiestas son las obras de la carne, que son: adulterio, fornicación, inmundicia, lascivia, idolatría, hechicerías, enemistades, pleitos, celos, iras, contiendas, disensiones, herejías, envidias, homicidios, borracheras, orgías, y cosas semejantes a estas; acerca de las cuales os amonesto, como ya os lo he dicho antes, que los que practican tales cosas no heredarán el reino de Dios.” Gálatas 5.16-21.

Pablo ahí es más que claro. A lo que nuestros “expertos” de la actualidad llaman demonios, el apóstol lo llama “obras de la carne”.

Ahora, ¿qué son las obras de la carne? Son todos aquellos deseos o pecados que nacen en el corazón del ser humano, que desagradan a Dios y le apartan de Él. Pablo dice que todos esos pecados son cometidos por el hombre y vienen de uno mismo, no de los demonios, y yo, personalmente, prefiero creer a un hombre que escribió la tercera parte del Nuevo Testamento, doctor de la ley y Apóstol de Jesucristo, que a una persona que dice tener un “ministerio” de liberación, la cual no sabemos ni de dónde ha salido.

El creer esta doctrina es sumamente peligroso, ya que ésta exime al hombre de la responsabilidad por su propio pecado, haciéndole justificarse de su maldad al decir que fue el demonio que le dominaba el que le hacía pecar, en vez de pedir perdón a Dios, admitiendo su culpabilidad. “Yo soy contencioso con mi esposa porque tengo un espíritu de contención” o “yo soy un adúltero porque tengo un espíritu de adulterio” son afirmaciones que abofetean a la Palabra de Dios que dice que Cuando alguno es tentado, no diga que es tentado de parte de Dios; porque Dios no puede ser tentado por el mal, ni él tienta a nadie; sino que cada uno es tentado, cuando de su propia concupiscencia es atraído y seducido.” Santiago 1.13-14

El pecado que el hombre lleva cometiendo desde el principio de los tiempos es el mismo: echar la culpa a otro de su propia falta, como hicieron Adán y Eva:

Y Dios le dijo: ¿Quién te enseñó que estabas desnudo? ¿Has comido del árbol de que yo te mandé no comieses? Y el hombre respondió: La mujer que me diste por compañera me dio del árbol, y yo comí. Entonces Jehová Dios dijo a la mujer: ¿Qué es lo que has hecho? Y dijo la mujer: La serpiente me engañó, y comí. Y Jehová Dios dijo a la serpiente: Por cuanto esto hiciste, maldita serás entre todas las bestias y entre todos los animales del campo; sobre tu pecho andarás, y polvo comerás todos los días de tu vida. Y pondré enemistad entre ti y la mujer, y entre tu simiente y la simiente suya; ésta te herirá en la cabeza, y tú le herirás en el calcañar. A la mujer dijo: Multiplicaré en gran manera los dolores en tus preñeces; con dolor darás a luz los hijos; y tu deseo será para tu marido, y él se enseñoreará de ti. Y al hombre dijo: Por cuanto obedeciste a la voz de tu mujer, y comiste del árbol de que te mandé diciendo: No comerás de él; maldita será la tierra por tu causa; con dolor comerás de ella todos los días de tu vida. Espinos y cardos te producirá, y comerás plantas del campo.” Génesis 3.14-18

Ahí vemos que a Dios le importa muy poco a quién le echemos la culpa, cada uno recibe la paga por su propio pecado; para Dios la culpa de que Adán y Eva hubieran comido no era de la serpiente, y por eso les castigó a cada uno de manera individual.

No es mi intención condenar a nadie, sino abrir los ojos a aquellos que con buenas intenciones, van de liberación en liberación y no solucionan sus problemas. No tienes demonios que expulsar, querido hermano, sobretodo si tienes en cuenta de que es imposible estar poseído o dominado por un espíritu inmundo y a la vez ser templo del Espíritu Santo. Veamos porqué:

Pero el que se une al Señor, un espíritu es con Él.” 1ª Corintios 6:17

Si somos un solo espíritu con el Señor, como dice Pablo, entonces, ¿Qué autoridad tiene el enemigo de dominar nuestro espíritu, haciéndonos pecar, cuando Dios declara que uno somos con Él?

En el Antiguo Testamento, el lugar donde Dios moraba, el Lugar Santísimo, era exento de cualquier impureza, y nadie podía entrar allí, excepto el sumo sacerdote, una vez al año. Ahora ese lugar santísimo, donde mora Dios, somos nosotros, exentos de toda impureza gracias al sacrificio de sangre de Nuestro Señor Jesucristo. Si aún después de haber sido lavados con la sangre del Cordero, no hemos sido librados de cualquier maldición, dominio o posesión, y aún quedan demonios por salir, entonces tenemos dos problemas:

  1. La sangre de Cristo no ha sido suficiente para liberarnos de las ataduras del diablo, por lo tanto necesitamos pasar por un ministerio de liberación, y eso es una herejía a gran escala.
  2. El templo de Dios, el Lugar Santísimo (nosotros), estamos impuros, por lo tanto, bíblicamente, no podemos ser morada de Dios, así como el Lugar Santísimo del Templo de Jerusalén se corrompió cuando el velo fue rasgado a la muerte de Cristo, y dejó de ser morada del Espíritu Santo. Si no somos morada de Dios, no somos salvos, porque la consecuencia de ser salvo, según las Escrituras, es tener al Espíritu de Dios morando en nosotros.

Pero entonces, si no se trata de espíritus demoníacos, y yo, después de convertirme, sigo pecando y cometiendo errores aún sin quererlo, ¿A qué se debe?

Cuando el hombre se convierte (cree en Jesucristo), nace de nuevo (es salvo). Véase Romanos 10.9.

¿Qué es nacer de nuevo? Es un término utilizado en la Biblia para referirse a la resurrección de nuestro espíritu y la restauración de nuestra comunión con Dios. Jesús fue el primero en utilizar esta expresión en su conversación con el fariseo Nicodemo (véase Juan 3.3).Cuando el hombre nace de nuevo, tiene un espíritu renovado, pero continúa con la misma carne, los mismos pensamientos y filosofías del mundo, del cual procede. Eso significa que, aún después de nacer de nuevo, tu carne, acostumbrada a fumar, beber, y darse a los placeres del mundo, continúa con las mismas costumbres. ¿Qué hacer entonces? Ni Cristo, ni Pablo, ni ninguno de los apóstoles nos mandan echar demonios de nosotros mismos. Dejan claro que eso son obras de la carne, o sea, acciones del viejo hombre arraigadas en nosotros (véase el pasaje que hemos comentado, (Gálatas 5.16-21). El único mandamiento que recibimos para deshacernos de estos pecados es el siguiente:

Por lo tanto, hermanos, os ruego por las misericordias de Dios que presentéis vuestros cuerpos como sacrificio vivo, santo, agradable a Dios, que es vuestro verdadero culto. No os conforméis a este mundo, sino transformaos por medio de la renovación de vuestro entendimiento, para que comprobéis cuál es la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta.” Romanos 12.1-2.

¿Tenemos que echar fuera demonios para librarnos de malos pensamientos, vicios y malas costumbres? ¡No! El mandamiento es simplemente renovar nuestro entendimiento. ¿Cómo? Conociendo a Dios a través de su Palabra, y dejando que ésta se escriba en nuestros corazones. Sólo así podremos cambiar. La renovación de nuestro espíritu es instantánea, pero la renovación de nuestros pensamientos y emociones es un proceso que dura toda la vida. ¿O acaso piensas que, una vez que seas liberado del “espíritu de ira”, nunca más vas a enojarte? ¿o después de haber sido liberado del “espíritu de timidez”, nunca más vas a sentir vergüenza de aparecer o hablar en público? Si se tratara de demonios, el resultado debería ser ése precisamente. Sin embargo, vemos que no es así. Seguimos enojándonos, diciendo malas palabras, teniendo envidia, ofendiendo y murmurando toda la vida. ¿Cuántas veces habremos de ser “liberados” del mismo demonio? ¿ Puede él resistirse al nombre de Jesús, volviendo a poseer al cristiano una y otra vez?

Algunos dirán entonces: “Pero es que yo experimenté la liberación de un espíritu de la borrachera, y no volví a beber. Eso tiene que ser verdad”. ¿Desde cuándo una experiencia, una señal o un milagro es una vara de medir para afirmar que una doctrina es verdadera? ¿No debemos fundamentar nuestra fe en la Palabra de Dios? Los hechiceros del faraón también convirtieron sus varas en serpientes, al igual que Moisés. ¿Significaba eso que su religión era la auténtica? “Si funciona, entonces es verdad”. Esa famosa expresión llamada pragmatismo, desgraciadamente muy extendida entre los cristianos, está destrozando muchas iglesias e introduciendo herejías y falsas doctrinas, como las que acabamos de comentar. Ahora, ¿Por qué no podemos basar una doctrina en una experiencia personal? La Biblia una vez más nos da la respuesta:

Engañoso es el corazón, más que todas las cosas, y perverso, quién lo conocerá?” Jeremías 17.9

Despertémonos, y démonos cuenta de nuestra responsabilidad ante Dios y de nuestra necesidad de madurar. Mientras le echemos la culpa a Satanás de nuestras faltas, nunca podremos experimentar de verdad la paz de la que habla la Biblia, que “sobrepasa todo entendimiento” (Filipenses 4.7).

 


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