El motivo por el cual
escribo este artículo es para profundizar un poco más
en un tema que lleva de cabeza a la iglesia de Cristo de la
actualidad, y Biblia en mano analizar desde el punto de vista de la
Palabra de Dios ciertas prácticas que se están dando
entre los hermanos de nuestras congregaciones.
Estamos enfrascados,
queramos o no, en una continua guerra espiritual con lo que el
apóstol Pablo llama “principados y potestades”.
Véase Efesios 6.12:
“Porque
no tenemos lucha contra sangre y carne, sino contra principados, contra potestades,
contra los gobernadores de las tinieblas de este siglo, contra
huestes espirituales de maldad en las regiones celestes”.
LUCHA… ésa
es la palabra clave. Tanto en ése pasaje como en otros a lo
largo del Nuevo Testamento, se nos da a entender que, efectivamente,
el hecho de pertenecer a la Iglesia de Cristo nos constituye enemigos
del diablo, y como consecuencia nos introduce en una guerra
espiritual de la cual no tenemos descanso.
Éste
es un punto claro para los cristianos, ahora, dentro de esa guerra
espiritual, existen prácticas que se llevan a cabo por
miembros del cuerpo de Cristo las cuales nuestro Señor nunca nos
ordenó hacer, que es en lo que nos vamos a centrar.
Se
ha puesto de “moda” en estos últimos años
el intentar “descubrir”, como parte de la guerra
espiritual, y por medio de la oración, el nombre del demonio contra el que estamos luchando en ese momento. Para
defender esta doctrina, los que la practican, entre otros, utilizan
un pasaje clave de la Palabra de Dios:
“Y
arribaron a la tierra de los gadarenos, que está en la ribera
opuesta a Galilea. Al llegar él (Jesús) a tierra, vino
a su encuentro un hombre de la ciudad, endemoniado desde hacía
mucho tiempo; y no vestía ropa, ni moraba en casa, sino en los
sepulcros. Este, al ver a Jesús, lanzó un gran grito, y
postrándose a sus pies exclamó a gran voz: ¿Qué
tienes conmigo, Jesús, Hijo del Dios Altísimo? Te ruego
que no me atormentes. (Porque mandaba al espíritu inmundo que
saliese del hombre, pues hacía mucho tiempo que se había
apoderado de él; y le ataban con cadenas y grillos, pero
rompiendo las cadenas, era impelido por el demonio a los desiertos.)Y
le preguntó Jesús, diciendo: ¿Cómo
te llamas? Y él dijo: Legión. Porque muchos demonios habían
entrado en él.” Lucas 8. 26-30
Jesús,
al llegar a la tierra de los gadarenos, se encontró con un
endemoniado, que, con sólo verle, lanzó un grito, a
consecuencia de la manifestación de los demonios que había
en él. Antes de expulsarlos del cuerpo del hombre, Jesús
les hizo una pregunta: ¿Cómo te llamas?, pero, ¿por
qué preguntó Cristo tal cosa?
Tal
y como algunos afirman, Jesús tomó esa actitud porque,
para que un demonio pueda ser expulsado de una persona o territorio,
y tenga lugar una auténtica liberación, debemos decir exactamente cuál es su nombre.
Pero, ¿hay
suficiente apoyo bíblico para esta afirmación? La
respuesta es: no.
La
definición según el diccionario de la Real Academia
Española de la palabra “legión” es “Número
indeterminado y copioso de personas, de espíritus, y aun de ciertos
animales.”
Cuando expulsó a
los demonios, Jesús estaba rodeado de personas que le vieron
hacer el milagro (estas mismas le rogaron después que no
volviera a la ciudad, como dicen los versículos 34 al 37). La
razón por la cual Él hizo esa pregunta, era para que se
supiera CUÁNTOS DEMONIOS habitaban en ese individuo, no para
saber cómo se llamaban. Legión indica CANTIDAD, NO ES
UN NOMBRE PROPIO.
El hecho de que la
gente de ese pueblo viera que Jesús tenía autoridad
sobre un número indeterminado de espíritus malignos,
les demostraba la soberanía de Cristo sobre las criaturas,
tanto físicas como espirituales. Por eso Jesús obró
ese milagro delante de ellos. Dios no necesitaba saber el nombre de
ningún demonio para poder expulsarlo, y nosotros tampoco.
Pero antes de
continuar, veamos una definición muy importante:
Doctrina:
“Conjunto de leyes y normas relativas a una creencia religiosa
emitidas por los doctores de la ley. Ej: la doctrina cristiana enseña
a los creyentes cuál es la voluntad de Dios y las normas a
seguir por el cristianismo.”
El
hecho de afirmar que los cristianos tenemos que pedir a Dios que nos revele el nombre del demonio contra el que
estamos peleando para poder tener una victoria satisfactoria en la
guerra espiritual, es establecer una doctrina,
ya que se trata de una ENSEÑANZA la cual los creyentes estamos
obligados a seguir como norma. Pero como todos sabemos, y esto es
algo que se aprende sobre todo en los seminarios de teología,
donde estudian los que algún día desean ser pastores o
ministros de la Palabra, ES UN GRAVE ERROR ESTABLECER UNA DOCTRINA
CON UN PASAJE HISTÓRICO DE LA BIBLIA. Lucas 8 cuenta algo que
OCURRIÓ en la vida de Jesús, no una enseñanza
doctrinal. La única doctrina que hay en los evangelios está
en las ENSEÑANZAS de Jesús. Si no fuese así,
entonces, para sanar a un ciego por ejemplo, nosotros también
tendríamos que escupir en la tierra e impregnarle los ojos de
barro como rito obligatorio para su sanidad.
Veamos cómo
están divididos los libros de la Biblia:
Pentateuco:
Génesis, Éxodo, Levítico, Números y
Deuteronomio.
LIBROS
HISTÓRICOS: Josué,
jueces, Rut, 1ª y 2ª de Samuel, 1ª y 2ª de Reyes,
1ª y 2ª de Crónicas, Esdras, Nehemías y
Ester.
Libros
poéticos:
Job, Salmos, Proverbios, Eclesiastés y Cantares.
Profetas
Mayores:
Isaías, Jeremías, Lamentaciones, Ezequiel y Daniel.
Cartas
Paulinas (de Pablo):
Romanos, 1ª y 2ª de Corintios, Gálatas, Efesios,
Filipenses, Colosenses, 1ª y 2ª de Tesalonicenses, 1ª
y 2ª de Timoteo, Tito, Filemón.
Cartas
generales: Hebreos, Santiago, 1ª y 2ª de Pedro, 1ª, 2ª y 3ª
de Juan, Judas.
Apocalipsis.
¿Por
qué se dividió la Biblia de esta forma? La respuesta es clara:
Para que pudiéramos discernir cuáles libros estaban
escritos para establecer doctrina y cuáles eran solamente para
informarnos (narración) de la historia de Israel, para poder comprender el plan
divino de Dios de la venida del Mesías a lo largo de las
Sagradas Escrituras. No quiero decir con esto que un predicador no
pueda utilizar un pasaje de Josué o Ester para un sermón,
ya que podemos APRENDER de la vida de estos siervos de Dios de manera devocional,
pero NUNCA se podrá establecer doctrina con esos pasajes.
Además,
no hay ni un solo pasaje bíblico, ni en el Antiguo ni en el
Nuevo Testamento, que diga que debemos descubrir el nombre de los
demonios para poder echarlos.El único nombre que debemos
pronunciar es el nombre de JESÚS. De hecho, los apóstoles jamás practicaron esto, porque, si lo hubieran hecho, lo habrían
nombrado en alguna de sus cartas a las iglesias, ya que fueron ellos
los comisionados por Cristo para establecer la doctrina sobre la cual
se fundamentaría la fe cristiana:
“Y
yo también te digo, que tú eres Pedro, y sobre esta roca edificaré mi iglesia; y las puertas del Hades no prevalecerán
contra ella.” Mateo 16.18 (hace falta aclarar que cuando dijo “sobre esta
roca edificaré mi iglesia” no se refería
a Pedro, sino a la confesión del versículo 16, cabe destacar que en el fundamento del cristianismo, Cristo es la piedra angular, y los apostoles y profetas son el fundamento de la Iglesia, por la doctrina que ellos hablaban, contenida en el Nuevo Testamento).
Además hay que
apuntar también una curiosidad: Ni Cristo ni los apóstoles
tenían ningún tipo de dificultad a la hora de expulsar
demonios, solamente con ordenar que se fueran ya era suficiente. Sin
embargo hoy en día, nuestros grandes “maestros de la
guerra espiritual”, tienen que hacer cierta clase de “ritos”
para que esos demonios salgan, como echar aceite y vino sobre la
tierra, descubrir cómo se llaman, o hacer ciertos rituales
utilizando hasta aviones para sobrevolar un territorio. Y lo más
gracioso es que tardan días, e incluso meses en echar
(supuestamente) esos demonios. ¿No se supone que el mismo
nombre que tenían los apóstoles para echar demonios es
el que tenemos nosotros, JESÚS? ¿Por qué ese
nombre era tan efectivo para ellos y tan poco para nosotros? ¿No
será que estamos enfocando la guerra espiritual de una manera
equivocada, y “no recibimos porque pedimos mal”? (Santiago 4.3)
Otro punto muy
importante a tratar está también relacionado con esto,
y es el de confundir los pecados o defectos humanos con demonios.
¿Alguna vez has oído en una sesión de liberación
expulsar a un “espíritu de ira” o “espíritu
de adulterio”? ¡incluso se ha llegado a hablar del
“espíritu de temor al público (timidez)”!
Veamos sin embargo lo que dice la Escritura al respecto:
“Digo,
pues: Andad en el Espíritu, y no satisfagáis los deseos
de la carne.
Porque el deseo de la carne es contra el Espíritu, y el del
Espíritu es contra la carne; y éstos se oponen entre
sí, para que no hagáis lo que quisiereis. Pero si sois
guiados por el Espíritu, no estáis bajo la ley. Y
manifiestas son las obras de la carne, que son: adulterio,
fornicación, inmundicia, lascivia, idolatría,
hechicerías, enemistades, pleitos, celos, iras, contiendas,
disensiones, herejías, envidias, homicidios, borracheras,
orgías, y cosas semejantes a estas;
acerca de las cuales os amonesto, como ya os lo he dicho antes, que
los que practican tales cosas no heredarán el reino de Dios.”
Gálatas 5.16-21.
Pablo ahí es más
que claro. A lo que nuestros “expertos” de la actualidad
llaman demonios, el apóstol lo llama “obras de la
carne”.
Ahora,
¿qué son las obras de la carne? Son todos aquellos
deseos o pecados que nacen
en el corazón del ser humano, que
desagradan a Dios y le apartan de Él. Pablo dice que todos
esos pecados son cometidos por el hombre y vienen de uno
mismo,
no de los demonios, y yo, personalmente, prefiero creer a un hombre
que escribió la tercera parte del Nuevo Testamento, doctor de
la ley y Apóstol de Jesucristo, que a una persona que dice
tener un “ministerio” de liberación, la cual no
sabemos ni de dónde ha salido.
El
creer esta doctrina es sumamente peligroso, ya que ésta exime
al hombre de la responsabilidad por su propio pecado, haciéndole justificarse de su maldad al decir que fue el demonio que le dominaba el que le
hacía pecar, en vez de pedir perdón a Dios, admitiendo
su culpabilidad. “Yo soy contencioso con mi esposa porque tengo
un espíritu de contención” o “yo soy un
adúltero porque tengo un espíritu de adulterio”
son afirmaciones que abofetean a la Palabra de Dios que dice que “Cuando
alguno es tentado, no diga que es tentado de parte de Dios; porque
Dios no puede ser tentado por el mal, ni él tienta a nadie;
sino que cada uno es tentado, cuando de
su propia concupiscencia es atraído y seducido.”
Santiago 1.13-14
El pecado que el hombre
lleva cometiendo desde el principio de los tiempos es el mismo: echar
la culpa a otro de su propia falta, como hicieron Adán y Eva:
“Y
Dios le dijo: ¿Quién te enseñó que
estabas desnudo? ¿Has comido del árbol de que yo te
mandé no comieses? Y el hombre respondió: La mujer que
me diste por compañera me
dio del árbol, y yo comí. Entonces Jehová Dios dijo
a la mujer: ¿Qué es lo que has hecho? Y dijo la mujer:
La serpiente me
engañó,y
comí.Y
Jehová Dios dijo a la serpiente:
Por cuanto esto hiciste, maldita serás entre todas las bestias
y entre todos los animales del campo; sobre tu pecho andarás,
y polvo comerás todos los días de tu vida. Y pondré
enemistad entre ti y la mujer, y entre tu simiente y la simiente
suya; ésta te herirá en la cabeza, y tú le
herirás en el calcañar. A
la mujer dijo:
Multiplicaré en gran manera los dolores en tus preñeces;
con dolor darás a luz los hijos; y tu deseo será para
tu marido,y
él se enseñoreará de ti. Y
al hombre dijo:
Por cuanto obedeciste a la voz de tu mujer, y comiste del árbol
de que te mandé diciendo: No comerás de él;
maldita será la tierra por tu causa; con dolor comerás
de ella todos los días de tu vida. Espinos y cardos te
producirá,y
comerás plantas del campo.” Génesis 3.14-18
Ahí
vemos que a Dios le importa muy poco a quién le echemos la
culpa, cada uno recibe la paga por su propio pecado; para Dios la
culpa de que Adán y Eva hubieran comido no era de la
serpiente, y por eso les
castigó a cada uno de manera individual.
No
es mi intención condenar a nadie, sino abrir los ojos a
aquellos que con buenas intenciones, van de liberación en
liberación y no solucionan sus problemas. No tienes demonios
que expulsar, querido hermano, sobretodo si tienes en cuenta de que
es imposible estar poseído
odominado por un espíritu inmundo y a la vez ser templo del Espíritu
Santo. Veamos porqué:
“Pero
el que se une al Señor, un
espíritu es con
Él.” 1ª Corintios 6:17
Si somos un solo
espíritu con el Señor, como dice Pablo, entonces, ¿Qué
autoridad tiene el enemigo de dominar nuestro espíritu,
haciéndonos pecar, cuando Dios declara que uno somos con Él?
En
el Antiguo Testamento, el lugar donde Dios moraba, el Lugar
Santísimo, era exento de cualquier impureza, y nadie podía
entrar allí, excepto el sumo sacerdote, una vez al año.
Ahora ese lugar santísimo, donde mora Dios, somos nosotros,
exentos de toda impureza gracias al sacrificio de sangre de Nuestro
Señor Jesucristo. Si aún después de haber sido
lavados con la sangre del Cordero, no hemos sido librados de
cualquier maldición, dominio o posesión, y aún
quedan demonios por salir, entonces tenemos dos problemas:
La
sangre de Cristo no
ha sido suficiente para liberarnos de las ataduras del diablo, por lo tanto necesitamos
pasar por un ministerio de liberación, y eso es una herejía a gran escala.
El
templo de Dios, el Lugar Santísimo (nosotros), estamos
impuros, por lo tanto, bíblicamente, no podemos ser morada de
Dios, así como el Lugar Santísimo del Templo de
Jerusalén se corrompió cuando el velo fue rasgado a la
muerte de Cristo, y dejó de ser morada del Espíritu
Santo. Si no somos morada de Dios, no
somos salvos,
porque la consecuencia de ser salvo, según las Escrituras, es
tener al Espíritu de Dios morando en nosotros.
Pero entonces, si no se
trata de espíritus demoníacos, y yo, después de
convertirme, sigo pecando y cometiendo errores aún sin
quererlo, ¿A qué se debe?
Cuando el hombre se
convierte (cree en Jesucristo), nace de nuevo (es salvo). Véase
Romanos 10.9.
¿Qué
es nacer de nuevo? Es un término utilizado en la Biblia para
referirse a la resurrección de nuestro espíritu y la restauración de nuestra comunión con Dios. Jesús fue el primero en
utilizar esta expresión en su conversación con el
fariseo Nicodemo (véase Juan 3.3).Cuando el hombre nace de
nuevo, tiene un espíritu renovado, pero continúa con
la misma carne, los mismos pensamientos y filosofías del
mundo, del cual procede. Eso
significa que, aún después de nacer de nuevo, tu carne,
acostumbrada a fumar, beber, y darse a los placeres del mundo,
continúa con las mismas costumbres. ¿Qué hacer
entonces? Ni Cristo, ni Pablo, ni ninguno de los apóstoles nos
mandan echar demonios de nosotros mismos. Dejan claro que eso son
obras de la carne, o sea, acciones del viejo hombre arraigadas en
nosotros (véase el pasaje que hemos comentado, (Gálatas
5.16-21). El único mandamiento que recibimos para deshacernos
de estos pecados es el siguiente:
“Por
lo tanto, hermanos, os ruego por las misericordias de Dios que
presentéis vuestros cuerpos como sacrificio
vivo,
santo, agradable a Dios, que es vuestro verdadero culto. No os
conforméis a este mundo, sino transformaos
por medio de la renovación de vuestro entendimiento, para que comprobéis cuál es la buena voluntad de Dios,
agradable y perfecta.” Romanos 12.1-2.
¿Tenemos
que echar fuera demonios para librarnos de malos pensamientos, vicios
y malas costumbres? ¡No! El mandamiento es simplemente renovar
nuestro entendimiento. ¿Cómo? Conociendo a Dios a
través de su Palabra, y dejando que ésta se escriba en
nuestros corazones. Sólo así podremos cambiar. La
renovación de nuestro espíritu es instantánea,
pero la renovación de nuestros pensamientos y emociones es un
proceso que dura toda la vida. ¿O acaso piensas que, una vez
que seas liberado del “espíritu de ira”, nunca
más vas a enojarte? ¿o después de haber sido liberado del
“espíritu de timidez”, nunca
más vas a sentir vergüenza de aparecer o hablar en público?
Si se tratara de demonios, el resultado debería ser ése
precisamente. Sin embargo, vemos que no es así. Seguimos
enojándonos, diciendo malas palabras, teniendo envidia,
ofendiendo y murmurando toda la vida. ¿Cuántas veces
habremos de ser “liberados” del mismo demonio? ¿
Puede él resistirse al nombre de Jesús, volviendo a
poseer al cristiano una y otra vez?
Algunos
dirán entonces: “Pero es que yo experimenté la
liberación de un espíritu de la borrachera, y no volví
a beber. Eso tiene que ser verdad”. ¿Desde cuándo
una experiencia, una señal o un milagro es una vara de medir
para afirmar que una doctrina es verdadera? ¿No debemos
fundamentar nuestra fe en la Palabra de Dios? Los hechiceros del
faraón también convirtieron sus varas en serpientes, al
igual que Moisés. ¿Significaba eso que su religión
era la auténtica? “Si funciona, entonces es verdad”.
Esa famosa expresión llamada pragmatismo,
desgraciadamente muy extendida entre los cristianos, está
destrozando muchas iglesias e introduciendo herejías y falsas
doctrinas, como las que acabamos de comentar. Ahora, ¿Por qué
no podemos basar una doctrina en una experiencia personal? La Biblia
una vez más nos da la respuesta:
“Engañoso
es el corazón, más que todas las cosas, y perverso,
quién lo conocerá?” Jeremías 17.9
Despertémonos,
y démonos cuenta de nuestra responsabilidad ante Dios y de
nuestra necesidad de madurar. Mientras
le echemos la culpa a Satanás de nuestras faltas, nunca
podremos experimentar de verdad la paz de la que habla la Biblia, que
“sobrepasa todo entendimiento” (Filipenses 4.7).