En años recientes enseñar la maldición generacional ha llegado a ser
un tanto popular en los círculos pentecostales y carismáticos, y lo promueven
algunos de los líderes más visibles de estos movimientos. No obstante, la
naturaleza de la verdad absoluta y la propia interpretación de las Escrituras no
se pueden determinar por la cantidad de gente que incursiona en cierta enseñanza
o por la popularidad de quienes la promueven. Los asuntos de la fe (lo que
creemos) y la práctica (cómo vivimos la vida cristiana) sólo se pueden
determinar por la debida comprensión de las Escrituras.
Base Para La Enseñanza De La MaldiciÓn Generacional
Casi todos los maestros de la maldición generacional basan su enseñanza en
alguna combinación de Éxodo 20:5,6; 34:6,7; Números 14:18; y Deuteronomio
5:9,10. Cada uno de estos textos contiene las palabras: “visitar la maldad de
los padres sobre los hijos… hasta la tercera y cuarta generación”.
Los que enseñan acerca de la maldición generacional interpretan estos
versículos como si los delitos de una persona fueran genéticamente trasferidos a
todos sus descendientes. La gente no sólo hereda la naturaleza pecaminosa de sus
antecesores (la tendencia que todos tenemos de rebelarnos contra Dios), sino que
también adquieren la maldad acumulada de sus antecesores. Como resultado, Dios
los culpa, no sólo por sus propios pecados, sino también por los pecados de sus
antecesores. Además, Satanás tiene derecho a seguir manteniendo un reclamo legal
contra los creyentes que no han tratado de una forma eficaz con sus maldiciones
generacionales, resultando en fracaso, violencia, impotencia, profanidad,
obesidad, pobreza, vergüenza, enfermedad, aflicción, temor, y aun muerte
física.
Los proponentes de la maldición generacional luego dirigen su enseñanza a su
próximo paso lógico. Ellos concluyen que la sangre de Cristo fue derramada por
los pecados de cada persona, pero que deben dar un paso adicional para quitar la
trasgresión que hayan heredo de sus antecesores. Se requiere este paso adicional
para que una persona sea liberada de las ataduras que la mantienen cautiva al
pecado de sus antepasados. Este procedimiento involucra una elaborada ceremonia
que consiste en listar los pecados de sus antecesores hasta la cuarta
generación, confesando los pecados por ellos, recitando oraciones y
declaraciones recomendadas, rompiendo personalmente esas supuestas
maldiciones.
En Sus Propias Palabras
Una pagina Web dedicada a la maldición generacional afirma: “El reino de Dios
y las tinieblas operan con plenos ‘derechos legales’. Jesús vino a confirmar el
Antiguo Testamento, no a abrogar las leyes de Dios… Toda la familia paga por los
pecados que cometieron sus ancestros.
”Satanás se presenta ante el trono y muestra derechos legales de atacar el
cuerpo o la economía de usted. Se decide si los reclamos son válidos... si se le
permite hacer lo que solicita contra usted y su familia.
”Maldición generacional: he visto a muchos que no han sido sanados de estas
enfermedades aun después de muchas oraciones… ¡aunque ellos sí tienen fe! Los
pastores no comprenden la razón y culpan a la persona enferma por su ‘falta de
fe’… Después de aprender acerca de cómo romper las maldiciones generacionales...
he visto a la mayoría de personas sanadas enteramente. ¡NUNCA vuelve la
enfermedad! La enseñanza de esto lleva dos semanas, para poner en libertad a una
iglesia y guiarla a hacer las oraciones.
“Dios está levantando hoy un ejército para traer una poderosa unción que
libere a la iglesia... pero ésta debe tener el conocimiento.”1
Basándose en Éxodo 20:4,5, Neil Anderson enseña que los demonios pasan de
generación en generación y que éstos se afianzan en la vida de los creyentes por
los pecados generacionales. Para despojarse de estas fuerzas demoníacas, los
creyentes necesitan saber cuáles son esas ataduras, y tener un ritual de
liberación para romperlas. Se necesitan consejeros con conocimiento especial de
ataduras diabólicas si el caso es grave. Se da un examen especial de diagnostico
y se proveen las palabras que deben ser repetidas, como: “Rechazo toda obra
demoníaca que me ha sido pasada de mis ancestros”.2
Derek Prince, afirma: “Puede haber fuerzas que obran en nuestra vida que
tienen sus orígenes en previas generaciones. Por consiguiente, podemos ser
enfrentados con situaciones recurrentes o patrones de conducta que no pueden ser
explicados sólo en términos de lo que ha sucedido en nuestra vida o en
experiencias personales .El origen de la causa puede ser desde hace mucho
tiempo, aun miles de años”.3 Él continúa: “Muchos creyentes que deberían estar
gozando de bendiciones están cargados de maldiciones… no comprenden la base
sobre la que pueden ser liberados”.4
Rebecca Brown, explica: “Yo misma solía pensar que los creyentes no podrían
tener un demonio habitando en ellos. Fue hasta que Dios me llamó a este
ministerio”.5 Ella continúa: “Jesús nos limpia de nuestro pecado… Pero nosotros debemos asumir el poder y la autoridad que ahora tenemos por
medio de Jesucristo y ‘limpiarnos’ de la ‘suciedad’ o de demonios. Tan pronto
como aceptemos a Cristo, los demonios son intrusos y no tienen derecho a
permanecer en nosotros a no ser que nosotros mismos les demos derecho a
hacerlo debido a pecado o ignorancia”.6 Por otra parte, ella describe a niños
que “han heredado demonios a través de los padres”, añadiendo que ella los
aconsejaba a “pedir al Señor que rompa la línea de herencia y selle a sus hijos
de ese origen de los demonios”.7
Teresa Castleman también provee instrucciones detalladas para echar fuera los
demonios de los creyentes: “Conjuramos esas maldiciones que por generaciones se
han permitido a través de un espíritu familiar. Rompemos la atadura y
en nombre de Jesús ordenamos que salga. Ordenamos que vaya a lugares vacíos y
decimos que a la maldición [sic] no se permita permanecer en ninguna futura
generación. Su poder y dominio son rotos para siempre”.8
Los Que Promueven La MaldiciÓn Generacional Proveen Un MetÓdico
Procedimiento Para La LiberaciÓn
Los promotores de esta enseñanza generalmente proveen a sus lectores con
elaboradas listas y pruebas de diagnóstico, y aun palabras exactas para ser
utilizadas durante la ceremonia de liberación. Una pagina Web sugiere: “Haga una
lista detallada de todos los pecados que los miembros de su familia han cometido
hasta cuatro generaciones. Si los miembros de la familia continúan pecando en el
presente, sus pecados deben ser confesados cada día… Es importante arrepentirse
por virtud de su familia. Después de que usted haya confesado todos los pecados
en cada lista, renuncie en el nombre de Jesucristo a cualquier reclamo de
Satanás sobre su vida… Luego dedique tiempo a adorar y glorificar al Señor… El
Señor le revelará nuevas libertades en los días que siguen”.9
Un ejemplo representativo de las palabras de esas oraciones se puede
encontrar en la misma página Web: “Padre celestial, en el nombre de Jesucristo
de Nazaret, vengo ante ti humildemente para confesar el pecado de _________.
Pido perdón de este pecado por mí mismo, y por cualquier pariente de ambos
linajes de sangre de hasta cuatro generaciones. Proclamo la preciosa sangre de
Jesús por este pecado, y seré limpio. Padre, pido que me perdones, de modo que
pueda ser liberado del cautiverio de Satanás que ha sido puesto en mí debido a
este pecado. Te pido esto en el nombre de Jesús”.10
Otra oración recomendada para ser recitada por creyentes, lee así: “Jesús,
primero te pido que me perdones por mis pecados y me limpies de cualquier cosa
en mi vida en que haya permitido la presencia de Satanás y de espíritus
malignos… ahora cancelo toda maldición y todo demonio destinados a destruirme…
cancelo toda maldad que se haya hablado contra mí”.11
¿Cuál Debe Ser Nuestra Respuesta?
Examine el texto bíblico en que se basa esta enseÑanza
Primero, necesitamos considerar el contexto del antiguo Cercano Oriente de
los textos bíblicos usados para enseñar acerca de maldiciones generacionales. En
Éxodo 20 y 34, Moisés se dirigía a los hijos de Dios que estaban rodeados de
paganismo. Los paganos creían que aquellos que cometían infracciones de culto,
que olvidaban el cumpleaños de su dios, que ofrecían falso sacrificio, o que
rendían culto a otro dios que les ofrecía ayuda en algún asunto específico
(lluvia, fertilidad, o guerra), morirían. (Fíjese que en el paganismo, nunca se
trata de doctrina o moral.) El dios principal que una persona veneraba daba
sentencia de muerte contra el ofensor y contra toda su familia hasta que ellos
fueran completamente liquidados.
Como se advierte a los largo del Pentateuco, Moisés escribe para corregir. Él
declara a los supersticiosos israelitas que su Dios es diferente; está
interesado en la obediencia del corazón, no meramente en que se practiquen
ciertos rituales. Los que constantemente lo ofenden serán juzgados conforme a la
ofensa. Además, si persisten en rebelarse contra Dios y su Palabra, se arriesgan
a afectar negativamente a sus descendentes; no por alguna percibida culpa
biológicamente transferida, sino por su mal ejemplo (véase el siguiente
punto).
En segundo término, necesitamos considerar el punto de referencia de Moisés.
Los hijos que estaban siendo juzgados mostraban una conducta aprendida, no
maldiciones y culpabilidad heredada que resultan de ella.
Los resultados y efectos del pecado no son trasmitidos a los descendientes
naturalmente o genéticamente. Los efectos negativos del pecado son trasmitidos
como conducta aprendida. La frase “hasta la cuarta generación” se refiere hasta
el bis-abuelo e indica que la influencia que un hombre tiene sobre su hijo, su
nieto, y su bisnieto se extiende sólo mientras él vive. La posibilidad de
trasmitir a sus descendientes sus prácticas pecaminosas cesa cuando él muere.
Durante su vida, sin embargo, sus descendiente pueden decidir si seguirán en
estos caminos pecaminosos o si se volverán al Señor. Por lo tanto, no somos
responsables por los pecados de nuestros antepasados ni estamos obligados a
repetirlos. Tampoco tenemos la culpa legal o la tendencia genética que enseñan
los proponentes de la maldición generacional.
En tercer lugar, necesitamos leer todo el pasaje de los textos usados por los
que promueven la doctrina de la maldición generacional. Muchos eruditos bíblicos
que estudian el Antiguo Testamento han notado que el juicio de Dios cae sólo
sobre los miembros de la segunda, tercera, y cuarta generación “de los que me
aborrecen” (Éxodo 20:5; Deuteronomio 5:9; compare también Deuteronomio 7:10;
32:41).12. Estos especialistas explican que estas palabras (las que aparecen al
final de los pasajes citados por los proponentes de la maldición generacional)
además identifican a aquellos sobre quienes cae el juicio: la gente que
voluntariamente ha seguido a sus ancestros y sus modelos de conducta rebelde.
Estas palabras de las Escrituras explican que el juicio divino está reservado
para quienes persisten en rebelarse contra Dios al decidir que perpetuarán los
pecados de sus ancestros.
Señale la falta de evidencia bíblica respecto de la maldiciÓn
generacional
La frase “maldición generacional” o cualquier otra frase similar nunca aparece en las Escrituras, no se encuentra en ninguno de los
Testamentos. Esto en sí no es suficiente para desechar la enseñanza como no
bíblica. La palabra Trinidad no aparece en las Escrituras, pero refleja
precisamente la enseñanza bíblica respecto de Dios. No obstante, el hecho que la
frase maldición generacional no se encuentre en las Escrituras debería
alertar a los creyentes con criterio sobre la necesidad de ser cuidadosos en
este asunto. Debe haber pruebas convincentes cuando se estudia todo el consejo
de Dios.
El concepto de maldición generacional no se halla en las Escrituras.
Cuando se lee Éxodo 20:5 y 34:6,7, etc., en su contexto del antiguo Cercano
Oriente, y se interpreta propiamente, se elimina por completo la posibilidad de
que estos textos apoyen la enseñanza de maldición generacional.
Las pruebas de diagnostico, los rituales, y las oraciones recomendadas
por aquellos que enseñan la maldición generacional no se encuentran en las
Escrituras. No hay tales pasos en la Biblia, la cual es nuestra única regla para asuntos de fe y práctica. Si las maldiciones
generacionales fueran una realidad, Dios habría dado las debidas instrucciones
en las Escrituras respecto a cómo tratar con este problema.
Considerare lo que dice el resto de la Biblia
Pecados de la enseñanza de la maldición generacional
¿Qué daño hace tomar livianamente las Escrituras y decir algunas oraciones extras?
He aquí una lista incompleta de los efectos perjudiciales de la maldición generacional.
Niega la suficiencia de las Escrituras y requiere que se añadan a la Palabra de Dios pruebas, rituales, y fórmulas generadas por el hombre (compare 2 Timoteo 3:15–17; 2 Pedro 1:3–8).
Niega la perfecta obra de Cristo en la Cruz.
Tergiversa el evangelio de Cristo (véase Gálatas 1:6–9).
Niega la enseñanza bíblica de la responsabilidad personal.
Nos acerca un paso más al paganismo del que fuimos llamados.
Pone exagerado énfasis en la obra del hombre, y da vueltas a la idea de una relación con Dios basada en las obras.
W.E. Nunnally, Springfield, Missouri
Siempre es un paso apropiado considerar toda evidencia bíblica antes de
concluir cualquier asunto de interpretación bíblica. Como muchos otros asuntos,
cuando se considera toda las Escrituras, queda poca duda respecto a una adecuada
conclusión. Fíjese de nuevo en lo que dijo Moisés, cuyas palabras a menudo se
usan para apoyar la doctrina de la maldición generacional. Moisés también
escribió que “los padres no morirán por los hijos, ni los hijos por los padres;
cada uno morirá por su pecado” (Deuteronomio 24:16). La inspiración y naturaleza
no contradictoria de las Escrituras, juntamente con el principio a prueba de
tiempo de que las Escrituras interpretan las Escrituras, requieren que
interpretemos las palabras de Moisés en Deuteronomio 5:9,10 a la luz de su
inequívoca declaración en el capítulo 24.
En 2 Reyes 14:6 y 2 Crónicas 25:4 hay pasajes paralelos: “Pero no mató a los
hijos de los que le dieron muerte, conforme a lo que está escrito en el libro de
la ley de Moisés, donde Jehová mandó diciendo: No matarán a los padres por los
hijos, ni a los hijos por los padres, sino que cada uno morirá por su propio
pecado” (2 Reyes 14:6). Estas Escrituras indican que la enseñaza de Moisés en
Deuteronomio 24 fue claramente comprendida y practicada en la antigua
Israel.
En el tiempo de los profetas los israelitas habían olvidado la corrección de
Moisés de las ideas del paganismo. Los profetas tuvieron que encarar el mismo
asunto. Durante el exilio, Ezequiel registró lo siguiente: “Vino a mí palabra de
Jehová, diciendo: ¿Qué pensáis vosotros, los que usáis este refrán sobre la
tierra de Israel, que dice: Los padres comieron las uvas agrias, y los dientes
de los hijos tienen la dentera? Vivo yo, dice Jehová el Señor, que nunca más
tendréis por qué usar este refrán en Israel. He aquí que todas las almas son
mías; como el alma del padre, así el alma del hijo es mía; el alma que pecare,
esa morirá” (Ezequiel 18:1–4).
Ezequiel continúa: “Pero si éste engendrare hijo, el cual viere todos los
pecados que su padre hizo, y viéndolos no hiciere según ellos; no comiere sobre
los montes, ni alzare sus ojos a los ídolos de la casa de Israel; la mujer de su
prójimo no violare, ni oprimiere a nadie, la prenda no retuviere, ni cometiere
robos; al hambriento diere de su pan, y cubriere con vestido al desnudo;
apartare su mano del pobre, interés y usura no recibiere; guardare mis decretos
y anduviere en mis ordenanzas; éste no morirá por la maldad de su padre; de
cierto vivirá. Su padre, por cuanto hizo agravio, despojó violentamente al
hermano, e hizo en medio de su pueblo lo que no es bueno, he aquí que él morirá
por su maldad. Y si dijereis: ¿Por qué el hijo no llevará el pecado de su padre?
Porque el hijo hizo según el derecho y la justicia, guardó todos mis estatutos y
los cumplió, de cierto vivirá. El alma que pecare, esa morirá [refiriéndose a
Deuteronomio 24]; el hijo no llevará el pecado del padre, ni el padre llevará el
pecado del hijo; la justicia del justo será sobre él, y la impiedad del impío
será sobre él” (Ezequiel 18:14–20).
Jeremías, un contemporáneo de Ezequiel, habló a los judíos en Jerusalén: “En
aquellos días no dirán más: Los padres comieron las uvas agrias y los dientes de
los hijos tienen la dentera, sino que cada cual morirá por su propia maldad; los
dientes de todo hombre que comiere las uvas agrias, tendrán la dentera”
(Jeremías 31:29,30).
Estos pasajes son claros. En efecto, este es el principio de que las
Escrituras interpretan las Escrituras: los pasajes difíciles deben ser interpretados a la luz de pasajes más claros, como estos de Ezequiel y
Jeremías.
Es importante notar que no todos los judíos en esos tiempos trataban de
culpar a los demás. Aunque tuvo las mismas pruebas del cautiverio en Babilonia,
el profeta Daniel mostró una actitud opuesta a sus contemporáneos en Judá y
Babilonia. En vez de culpar por su destino a sus antecesores, como hacía el
público oyente de Jeremías y Ezequiel, él aceptó su propia responsabilidad
personal y la de sus contemporáneos por el juicio que había caído sobre ellos.
Él escribió: “Y oré a Jehová mi Dios e hice confesión diciendo: Ahora, Señor,
Dios grande, digno de ser temido, que guardas el pacto y la misericordia con los
que te aman y guardan tus mandamientos; hemos pecado, hemos cometido iniquidad,
hemos hecho impíamente, y hemos sido rebeldes, y nos hemos apartado de tus
mandamientos y de tus ordenanzas . . . Tuya es, Señor, la justicia, y nuestra la
confusión de rostro, como en el día de hoy lleva todo hombre de Judá, los
moradores de Jerusalén, y todo Israel, los de cerca y los de lejos, en todas las
tierras adonde los has echado a causa de su rebelión con que se rebelaron contra
ti. Oh Jehová, nuestra es la confusión de rostro, de nuestros reyes, de nuestros
príncipes y de nuestros padres; porque contra ti pecamos. De Jehová nuestro Dios
es el tener misericordia y el perdonar, aunque contra él nos hemos rebelado”
(Daniel 9:4, 5,7–9).
¿Qué podemos aprender de este roce con la herejía?
Las Escrituras son la única lámpara a nuestros pies y luz a nuestro sendero en que podemos confiar.
Las palabras del hombre sólo pueden llevarnos de vuelta a la esclavitud: por ejemplo, el temor. Tenemos que obtener todo el consejo de Dios en las Escrituras en vez de seguir la última decadencia teológica.
El hombre caído siempre busca soluciones rápidas. Casi todos los problemas encarados por las ceremonias de maldición generacional no pueden ser echados fuera o atados. Los problemas de conducta tienen que ser tratados en nuestro andar de discipulado. Necesitamos diariamente tomar nuestra cruz, considerarnos muertos al pecado y vivos a Dios en Cristo, traer a sujeción nuestro cuerpo, llevar cautivo cada pensamiento a la obediencia de Cristo, y renovar nuestra mente por la Palabra de Dios. Un exorcismo “a la volada” de nuestras imperfecciones de carácter nos dejará decepcionados porque despertaremos el próximo día para descubrir que todavía tenemos esas imperfecciones. Jesús no nos ha llamado a una versión de método fácil del cristianismo. Él nos ha llamado al discipulado, a diariamente seguir al Maestro, sometiéndonos a su señorío, aprendiendo de Él, para llegar a ser más como Él.
Sirve para recordarnos el poder y la suficiencia de la sangre de Cristo.
Porque la maldición generacional nos ha llevado a retornar a la Biblia para reevaluar su mensaje, de nuevo se nos recuerda que nuestras obras tienen consecuencias, y que nuestra vida tiene un poderoso impacto en nuestros hijos, para bien o para mal. Por la manera en que viven algunos creyentes, es como dice el profeta Oseas: “Porque sembraron vientos, y segarán torbellinos” (Oseas 8:7). Mucha gente en nuestras iglesias necesita de un verdadero arrepentimiento bíblico, una transformación, y el poder del Espíritu para que vivamos en forma ejemplar conforme al llamado de Dios.
W.E. Nunnally, Springfield, Missouri
En la oración de Daniel, no se menciona que la razón del exilio sea por los
pecados de los padres. Esto es aun más asombroso si recordamos que Daniel era
consciente de que por generaciones Dios había enviado profetas para advertir a
Israel de ese juicio si no se arrepentían.
En el tiempo de Jesús, los judíos habían otra vez olvidado las
correcciones del paganismo expresadas por Moisés y los profetas. Jesús encaró
los mismos asuntos. En Juan 9:1–3 leemos: “Al pasar Jesús, vio a un hombre ciego
de nacimiento. Y le preguntaron sus discípulos, diciendo: Rabí, ¿quién pecó,
éste o sus padres, para que haya nacido ciego? Respondió Jesús: No es que pecó
éste, ni sus padres, sino para que las obras de Dios se manifiesten en él.”
Aunque los discípulos tenían el antiguo punto de vista pagano de que la culpa y
el pecado podrían ser heredados, Jesús enfatizó la gloria y la gracia de
Dios.
Jesús también afirmó: “Vete, y no peques más” (Juan 8:11). Las palabras de
Jesús sugieren que el perdón de Dios basta para alcanzar un grado tal de
transformación espiritual que produzca un cambio de vida. Jesús creía que la
mujer a quien acababa de perdonar era libre de escoger si permanecería en el
pecado o se apartaría de él. No se hace ninguna referencia a la necesidad de una
oración adicional, una ceremonia, o una fórmula de renunciación para
complementar la oferta de la gracia y el perdón de Dios.
Las palabras de Pablo: “Dios. . . pagará a cada uno conforme a sus obras”
(Romanos 2:5,6) y “porque todos compareceremos ante el tribunal de Cristo . . .
de manera que cada uno de nosotros dará a Dios cuenta de sí” (Romanos 14:10,12),
claramente enfocan la responsabilidad individual a la que se da prioridad en el
Nuevo Testamento. Estos pasajes deben ser vistos como la unificada enseñanza de
las Escrituras, empezando con Moisés (Deuteronomio 24:16), continuando en los
profetas (Jeremías 31:29,30; Ezequiel 18:1–4,14–16,18–20; Daniel 9:4, 5,7–9), y
culminando con las enseñanzas de Jesús (Juan 8:11; 9:1–3).
Moisés había tratado de corregir el paganismo de sus días, pero para el
tiempo de profetas el pueblo había vuelto a sus caminos paganos. Los profetas
trataron de corregir el paganismo de sus días, pero para el tiempo de Jesús el
pueblo había vuelto a caer en el pensamiento pagano.
La iglesia tiene hoy el testimonio de Moisés, de los profetas, de Jesús, y de
los apóstoles, juntamente con el Nuevo Testamento, la plenitud del Espíritu, y
los dones del Espíritu, incluido el don de discernimiento. No obstante, un
porcentaje de la iglesia pentecostal y carismática ha caído en el paganismo.
Porque no hemos prestado atención a Jesús ni consultado toda las Escrituras,
somos nuevamente afligidos con un mágico punto de vista del mundo de Dios. En
este mundo el supremo sacrificio de Dios tiene limitado poder y efecto, y debe
ser complementado por nuestras propias fórmulas exorcistas y nuestros esfuerzos
humanos. En realidad, si uno busca en Google la frase “maldición
generacional”, encontrará que esta enseñanza es aun más popular con la red de
adivinos y el ocultismo que con el cristianismo. ¡Peculiares alianzas! Lo cual
casi plantea la pregunta: ¿quién sigue a quién?
Afirme la suficiencia de la Cruz
La iglesia en siglo XXI debe afirmar la suficiencia del sacrificio de Cristo
tan inequívocamente como lo hizo al principio. Pablo declaró, sin temor a
contradicción: “A vosotros, estando muertos en pecado y en la incircuncisión de
vuestra carne, os dio vida juntamente con él, perdonándoos todos los pecados,
anulando el acta de los decretos que había contra nosotros, que nos era
contraria, quitándola de en medio y clavándola en la cruz, y despojando a los
principados y a las potestades, los exhibió públicamente [la referencia es a los
espectáculos romanos en que los emperadores y generales que ganaban una guerra
marchaban por las calles de Roma con el botín y los prisioneros conquistados
para mostrar tanto al ciudadano como al enemigo el poder del Imperio],
triunfando sobre ellos en la cruz” (Colosenses 2:13–15).
Las palabras de Pablo claramente muestran que cualquier deuda de pecado que
hayamos acumulado fue efectivamente cancelada gracias a la muerte vicaria o
sustitutiva de Jesús. Además, Pablo afirma que los poderes y principados que nos
tenían esclavizados en el pecado no sólo fueron vencidos y desarmados, sino
también totalmente humillados. La muerte de Cristo ofrece tanto el perdón de
pecados como la liberación de la opresión y la posesión demoníaca a quienes se
apropian de este sacrificio.
El compositor Horatio Spafford experimentó esto personalmente, y en su himno
“Estoy bien”, aun comentó la metáfora que Pablo usó al escribir a los
colosenses.
Feliz yo me siento al saber que Jesús
libróme de yugo opresor.
Quitó
mi pecado, clavólo en la cruz;
gloria demos al buen
Salvador.
Similarmente, Charles Wesley, en “Oh, que tuviera lenguas mil” expresó el
mismo mensaje comunicado por el Apóstol hace ya dos milenios:
Su nombre trae consuelo y paz, nos libra del temor;
salud, aliento y gozo
es; vida al pecador.
Quebranta el poder del mal, al preso libra hoy;
su
sangre limpia al ser más vil. ¡Aleluya! limpio estoy.
ConclusiÓn
¿A qué conclusión llegamos? Cuando Jesús dijo: “Así que, si el Hijo os
libertare, seréis verdaderamente libres” (Juan 8:36, cursiva añadida),
¡eso es exactamente lo que significó!
W.E. Nunnally, Ph.D., profesor de Judaísmo temprano y
orígenes del cristianismo, Evangel University, Springfield, Missouri
2. C. Peter Wagner and Douglas Pennoyer, Wrestling With Dark Angels:
Toward a Deeper Understanding of the Supernatural Forces in Spiritual
Warfare (Ventura Calif.: Regal Books, 1990), 125–159, especialmente
158,159.
3. Derek Prince, Blessing or Curse: You Can Choose (Grand
Rapids: Baker, 1990), 32,33; véase también 17–20 en que las expresiones y los
ejemplos claramente indican que el autor se refiere a los cristianos.
4. Ibid., 38.
5. Rebecca Brown, Prepare for War (Chino, Calif.: Chick
Publications, 1987), 106.
6. Ibid., 109.
7. Ibid., 294,295.
8. Teresa Castleman in Brownsville Assembly of God Deliverance
Manual (Pensacola: Brownsville Assembly of God, 1996–97) 25.
12. Ejemplos de información accesible: Walter Kaiser y otros, Hard
Sayings of the Bible (Downers Grove, Ill.: InterVarsity Press, 1996), 178;
Norman Geisler y Thomas Howe, When Critics Ask: A Popular Handbook on Bible
Difficulties (Wheaton, Ill.: Victor Press, 1992), 285,286; y Gleason L.
Archer, New International Encyclopedia of Bible Difficulties (Grand
Rapids: Zondervan, 1982), 152,153).